A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR – LA ALEGRÍA DEL ESPÍRITU

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LA ALEGRÍA DEL ESPÍRITU

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Hemos dicho ya en otras ocasiones, que es el Espíritu Santo quien nos enseña y nos ayuda a orar. En este mes que celebramos la fiesta de Pentecostés, nuestra pista para orar será una invitación a orar en la alegría del Espíritu Santo.

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Yo no sé cómo es el Espíritu. Nadie lo sabe. A Jesús se le pudo ver, oír, tocar… mientras estuvo entre nosotros físicamente. El Espíritu es la misma cercanía de Dios que se nos mostró en Jesús, pero irrepresentable o invisible. Se le simboliza como paloma, como agua (Jn 7, 37-39), como viento, como fuego, como don de lenguas (Hc 2, 1ss)… No sabemos cómo es, pero sí sabemos cómo actúa y los frutos que produce. Donde está el Espíritu de Dios hay libertad (2Cor 3, 17) y “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5, 22-23), como también el amor, la paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. Por sus frutos los conoceréis, dice la Escritura, y así es también con el Espíritu.

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Hay muchos relatos bíblicos que relacionan el Espíritu con la alegría, especialmente el evangelio de la infancia en Lucas. En la Anunciación, María es invitada a la alegría: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28). En la Visitación, el Espíritu Santo llena de alegría a las dos mujeres: Isabel siente que “saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). María, a su vez, siente brotar del corazón y de las entrañas su Magníficat, el canto que expresa la alegría humilde y profunda: “Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador… porque ha hecho grandes cosas en mí” (Lc 1, 46ss).

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También Jesús, “se llenó de gozo en el Espíritu Santo” y manifiesta agradecido: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues así te ha parecido bien” (Lc 10, 21-22). En Jesús, la alegría brota del Espíritu que le hace ver lo que nadie ve: la grandeza de los pequeños, y se dirige al Padre como su fuente, en una unidad trinitaria.

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El Espíritu genera en la iglesia naciente un dinamismo creyente y misionero que hace que las ciudades se llenen de alegría (Hc 8, 8) al recibir el anuncio cristiano, y se van estableciendo comunidades que se distinguen por el amor, otro fruto del Espíritu, aunque no están exentas de conflictos y dificultades.

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Está claro. Donde está el Espíritu hay alegría (y más cosas…). Por lo tanto, esto nos sirve de guía acerca de la autenticidad de nuestra oración. Si en ella hay alegría, paz, bondad, fe… o brota de ella, como fruto maduro, estamos orando en el Espíritu. Si no, estamos dejándonos llevar por otro espíritu. ¿Y qué hacer entonces?

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Pues ¡pedirlo! Por eso se suele invocar el Espíritu al comenzar la oración personal y comunitaria, la Lectio divina. Y como también es cierto que “somos templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) no se trata de invocarlo como si tuviera que venir “de fuera” ajeno a nosotras. Basta que tomemos conciencia de ser seres habitados, que nos recreemos en esa presencia y dejemos que surja con toda su fuerza creativa, amorosa, fecunda. La oración será una activa pasividad colaborando con el Espíritu. Él nos lo enseñará todo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi