A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR – TU NOMBRE

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Para este tiempo de Pascua propongo una pista muy sencilla para orar: un diálogo de “nombres”. Pronunciar el Nombre de Jesús. Y dejar que él repita el mío, y escucharlo y sentirlo en lo hondo del corazón, de las entrañas…

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Cuando María Magdalena va al sepulcro añorando al amigo muerto y encuentra el sepulcro vacío y se echa a llorar no es capaz de reconocer a Jesús que se le aparece… lo confunde con el hortelano… hasta que Jesús resucitado pronuncia su nombre ¡María! Me impresiona esto y puedo imaginar el efecto que tuvo sobre esta mujer. Se ve que hasta el encuentro con Jesús nadie la tomó en serio, sino que se le tomaba más bien “prestada”, utilizada… no se sintió “reconocida” como persona y recreada más que por Jesús. Por eso al oír pronunciar su nombre, aunque no le conociera por su aspecto físico, conoció quién era esa figura…

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En nuestra cultura occidental el nombre no es significativo de nada especial, pero sí es muy importante para el ser humano ser llamado y reconocido como alguien único, especial, digno de confianza. Eso da futuro.

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En las culturas primitivas, en la cultura judía el nombre es más que una sucesión de letras, es una IDENTIDAD. De ahí los nombres bíblicos con su significado (Eva, Abrahám, Israel, Moisés, Isaac, Samuel…). Y el propio JESÚS, que significa SALVADOR. Ya hemos hablado en otra ocasión de la oración del Nombre, y la importancia de esta práctica espiritual, pero en esta pista sugiero solo un ejercicio sencillo:

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–          Avivar el deseo de encontrarme con Jesús pero no como María Magdalena (Jn 20, 1. 11-18) pues a veces nos disponemos a rezar, pero en realidad vamos al encuentro de alguien “muerto”… como un mero concepto, una idea… NO. La oración es un encuentro personal, vivo.

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–          Invoca al Espíritu Santo para que guíe tu oración, te ilumine, te disponga a escuchar, caldee tu corazón.

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–          Respira profundamente y ve pronunciando el Nombre de Jesús, al ritmo de tu respiración… ese Nombre fue pronunciado por muchas personas antes que tú: el ciego Bartimeo, leprosos, ciegos… los apóstoles predicaban no una enseñanza, sino una persona, un Nombre, el de Jesús, el único que puede salvar (Hc 4, 12). Conecta con toda esa historia de salvación concreta, revive la esperanza de tantas personas que te han precedido, por todo el mundo… y que han encontrado salvación en este Nombre.

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–          abre espacio a la escucha para poder percibir en las entrañas cómo Jesús pronuncia TU NOMBRE. No es esfuerces en pensar, solo deja que resuene tu nombre en labios de Jesús… la alegría que experimentó María Magdalena al sentirse reconocida, al sentir a Jesús Vivo…

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–          permanece en esa escucha atenta y amorosa.

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–          Da gracias por la vida que transmite tu nombre en labios de Jesús, y el de Jesús en los tuyos.

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–          Disponte a seguir pronunciando nombres de las personas que te rodean, con el mismo amor, respeto, confianza con que es pronunciado el tuyo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi