A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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ORAR – TUS PALABRAS, MI ALEGRÍA

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TUS PALABRAS, LA ALEGRÍA DE MI CORAZÓN

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“Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón” (Jer 15, 16)

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Uno de los modos de orar más extendido, con  mucha solera, que a mí siempre me hace bien, que siempre sorprende, es la oración con la Palabra. De lo que más me alegra. Y me alegraría todavía llegar a leerla como si leyera por vez primera cada frase. Porque creo de verdad que tenemos a nuestro alcance palabras sabias, luminosas, palabras de VIDA. Y por el tema de la rutina, por los prejuicios anti-eclesiales, anti-dogma… nos estamos perdiendo un verdadero tesoro.

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Me pregunto cómo puede dejar indiferente a alguien palabras como éstas:

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           No tengas miedo (Josué 1, 9; Is 41, 10.13; Mt 10, 31; Lc 1, 30; 12, 32; Mc 6, 50;  Jn 14, 1)

 ¿Quién te ha condenado mujer? ¿Nadie? Tampoco yo te condeno (Jn 8, 11)

                             A ti te digo: levántate (Lc 7, 14)

                                         ¡en verdad somos hijos de Dios! (Gal 4, 7; 1Jn 3, 1)

                  Eres preciosa a mis ojos, y yo te amo (Is 43, 4)

                       He venido para que tengan vida y vida en abundancia (Jn 10, 10)

                                                    Yo soy la Vida (Jn 14, 6; 11, 25)

      He oído el clamor de mi pueblo… voy a liberar a mi pueblo (Ex 3, 7-8)

              Te bendeciré y haré famoso tu nombre (Gn 12, 2)

                                Los amó hasta el extremo (Jn 13, 1)

                                             He venido a servir y a dar la vida por todos (Mt 20, 28)

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Y podríamos seguir y seguir… palabras que calientan el corazón, que dan descanso, palabras que animan y consuelan. ¡Palabras que alegran! ¿O  no?

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Y lo mejor de todo ¡es que son verdad! como dijo una vez un niño, quienes desde su inocencia captan lo auténtico, lo valioso.

Como pista te propongo algo sencillo:

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  • Disponte a orar con algún texto de la Sagrada Escritura: un texto “sabroso” para ti, el texto que nos propone la Liturgia para la Eucaristía diaria, un salmo… elige el texto.
  • Busca un lugar, encuentra la posición que te resulte cómoda para estar un rato con la Palabra. Respira profundamente y serena tu cuerpo, tu mente, tu corazón, tu espíritu.
  • Invoca el Santo Espíritu, para que de igual manera que inspiró y motivó al autor que lo escribió, guie tu espíritu para entenderlo y saborearlo. Aviva la fe.
  • Sitúate ante el texto como si lo leyeras por vez primera. Aleja la pereza, la rutina y lee esperando que el texto se te re-vele. Sitúate esperando una palabra personalmente dirigida a ti. Lee sin prisa.
  • ¿Qué te da alegría en ese texto? ¿Te sorprende alguna palabra, alguna frase en especial? ¿Qué te dice hoy? ¿Te hace sonreír?
  • Mantente en actitud silenciosa, rumiando la Palabra, como María de Nazaret.
  • Dialoga con la Palabra… ¿tienes algo que decir tú? ¿te mueve a algo?
  • Agradece esa luz, esa esperanza, ese ánimo… lo que te haya transmitido. Guárdalo en el corazón. Llévalo a la vida.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi