A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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Palabras de Teresa de Lisieux: La noche de la nada

Jesús me tomo de la mano y me hizo entrar en un subterráneo donde no hace ni frío ni calor, donde no luce el sol, y al que no visitan ni el viento ni la lluvia. (…) No veo que avancemos hacia la cumbre de la montaña, pues nuestro viaje se hace bajo tierra; pero, con todo, me parece que nos acercamos a ella sin saber cómo. La ruta que sigo no tiene ningún consuelo para mí, y, sin embargo, me trae todos los consuelos, porque es Jesús quien la ha elegido y yo quiero consolarle a Él, ¡sólo a Él!
Esto escribe Teresa a su hermana Pauline con diecisiete años. Cinco años más tarde escribe así al seminarista Maurice Bellière, a ambos les unirá una amistad epistolar profundísima a pesar de que nunca llegaron a verse:
(Jesús) permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del Cielo, tan dulce para mí, sólo fuese en adelante motivo de lucha y de tormento (…)Intento refrescar mi ánimo cansado con los pensamientos de ese luminoso país donde descansan mis esperanzas; ¿y qué es lo que sucede? Es un tormento peor; la oscuridad misma parece tomar prestada la elocuencia de los pecadores que viven en ella. Escucho sus acentos burlones: «Todo es un sueño, este parloteo de un Cielo bañado en luz, y de un Dios que lo creó todo y que vaya a ser tu posesión en la eternidad… ¿No es cierto que tú crees que la niebla que te rodea se disipará más adelante? De acuerdo, sigue deseando la muerte. Pero la muerte convertirá tus esperanzas en desengaños; significará sólo una noche más oscura aún, la noche de la mera no existencia»
Llevaba seis meses sufriendo esta «noche de la nada». Hacia fuera nada de este sufrimiento moral se traslucirá porque ella ha gestado en sí una férrea infancia espiritual que le lleva a vivir el más pleno de los abandonos. Su felicidad es estar con Dios, en Dios, bajo su luz, aunque no la perciba ni la disfrute, como ella dice:
Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer.
(Historia de un alma. Manuscrito C)
La noche permite el tránsito del «ego» a la «esencia», del «dormitar» al «despertar». Esa noche suaviza el interior, ilumina aún cuando nada se vea, otorga conocimiento sin saber qué se conoce, plenifica vaciando, cura con profunda herida, nos eleva adentrándonos. El creyente es progresivamente desnudado de artificios para ser revestido de Verdad, esa Verdad que nos hace libres.

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