TRANSFORMAR LOS PROBLEMAS EN OPORTUNIDADES: Octubre Misionero

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Un Pentecostés renovado abre las puertas de la Iglesia para que ninguna cultura permanezca cerrada en sí misma y ningún pueblo se quede aislado, sino que se abran a la comunión universal de la fe. Que nadie se quede encerrado en el propio yo, en la autorreferencialidad de la propia pertenencia étnica y religiosa. La pascua de Jesús rompe los estrechos límites de mundos, religiones y culturas, llamándolos a crecer en el respeto por la dignidad del hombre y de la mujer, hacia una conversión cada vez más plena a la verdad del Señor resucitado que nos da a todos la vida verdadera.

Hoy se habla mucho de interculturalidad, y es algo que abunda por el hecho de los movimientos migratorios. Ésta no se da automáticamente por la mera convivencia de personas de diferentes culturas, por el contrario, tiene que ser intencionalmente construida y asumida como un proceso, una búsqueda y compromiso personal y comunitario, social. A diferencia de las empresas transnacionales, que hacen de la interculturalidad una herramienta para mejorar su venta, debemos hacer de ella un estilo de vida que nos ayude a seguir a Jesús misionero y a construir el Reino de Dios en nuestra cotidianidad….

Por eso, veo en este párrafo del mensaje del Papa una invitación concreta a que en el corazón de cada hombre y mujer se encienda la luz del altruismo, de la solidaridad, del valor del otro, de la atención a los lenguajes diversos y se apague todo lo que es auto-referencial, egoísmo, indiferencia, estereotipos culturales y sus consecuentes prejuicios. 

La buena nueva del Espíritu que es Amor es la justa energía que transforma la interculturalidad de nuestro mundo, de un problema a resolver a una posibilidad de conversión personal y a una esperanza para el mundo de hoy. Un “laboratorio” donde ensayar – con la propia vida – relaciones diferentes entre las culturas: relaciones de igualdad y no de dominio, de diálogo y no de asimilación, de encuentro y no de colonización, de inculturación y de interculturalidad.

En una palabra, es una invitación a AMAR. Solo el amor permite compartir lo bueno, lo bello, la verdad, la justicia, el respeto a multiplicidad y lo diverso, sin contraposición.

Claret, en su vida misionera, descubrió que la virtud más necesaria era el amor a Dios y a los hermanos, ya que, sin amor, las dotes naturales no sirven para nada. “Convencidísimo pues de la utilidad y necesidad del amor…traté de buscar ese tesoro escondido, aunque fuera precioso venderlo todo para hacerme con él”. (S.A.M. Claret Aut.442) 

Dejemos ir todo lo que nos cierra en el sepulcro de nuestra vida y abrámonos a lo nuevo que está emergiendo como posibilidad de aprender a amar al modo de Jesús. 

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