¿qué hace sonreír a ÁLEX VILLAREAL?

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¿Qué te hace sonreír? ¿Cuál es la fuente de tu alegría?

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De siempre me considero y me consideran una persona alegre, feliz. En mi caso, que no quiero generalizar, en el pack de ser feliz siempre ha venido asociado el no hacerse muchas preguntas. A veces, querer saber el porqué, el origen, la ciencia que hay detrás de ciertas cosas hace que pierdan su magia, que se desvirtúen o que incluso puedas descubrir que son falsas o incoherentes. “En la ignorancia está la felicidad” que se dice. Pues bien, hoy me preguntan qué me hace sonreír, cuál sería la fuente de mi alegría. Y toca pensar.

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Pienso que el ser alegre puede que tenga un componente genético y otro circunstancial, al menos en los primeros años de nuestra vida. Yo soy alegre porque mi padre es alegre, porque mi madre es alegre, porque cada uno de mis hermanos son alegres y porque todos mis amigos y amigas son alegres. Y así creo que es muy fácil ser alegre, cuando lo has visto desde pequeño, cuando lo has saboreado cada día de tu vida, en cada momento difícil o próspero de la vida. Al parecer la alegría se aprende y yo he tenido muchos y muy buenos profesores. Pero llega un momento en el que tu entorno cambia, la vida se acelera y se complica. Todo son retos, pruebas o entrevistas… o al menos así lo aprecias. Llegado ese momento la alegría se convierte en opción, hay que elegir ser alegre, pues ahora todo el entorno te incita a ser serio, precavido, desconfiado, alarmista, no necesariamente antónimos de la alegría, pero no muy amigos de ella. O sea, que finalmente la alegría es una opción, una opción de vida.

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Me dan la vida y la alegría, el equilibrio entre estabilidad e incertidumbre. La estabilidad de mis pilares vitales: mujer, familia, amigos, fe y vocación laboral; y la incertidumbre de los retos que me aporta mi trabajo como profesor en un colegio, el bebé que viene en camino para revolucionar nuestras vidas o el propio devenir de las relaciones personales. Me hace sentirme alegre el haber discernido, tomado decisiones, y el haber arriesgado en la consecución de mis vocaciones. Sonrío porque estoy alegre y estoy alegre porque soy feliz.

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Soy feliz porque tengo una mujer maravillosa, a la que no puedo mirar fijo más de dos segundos sin que aparezca una sonrisa o una lágrima en mi cara de emoción por haberla encontrado. Cumplo mi vocación de ser compañero de vida de alguien y amarla. Soy feliz porque de ese amor nacerá su primer fruto este año. Cumpliré mi vocación de ser padre. Soy feliz porque disfruto del amor y el ambiente en mi familia, de mis padres, mis hermanos y sobrinos. Cumplo mi vocación de hijo o hermano. Soy feliz porque el Señor me descubrió que mi vida laboral, tras una época de dar palos de ciego, se orientaba hacia la educación y orientación de jóvenes, cobrando sentido todo lo estudiado y realizado anteriormente. Cumplo mi vocación laboral. Soy feliz porque pertenezco a unas comunidades de fe que, explícitamente o sin saberlo, me ayudan y me orientan en el camino de la fe, centrándome y recordándome lo importante. Cumplo mi vocación comunitaria. Y soy feliz porque el Señor me acompaña, porque me siento querido, porque me siento acompañado. Cumplo mi vocación de Hijo, con mayúscula.

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La alegría me ha venido de los momentos de oración con mi esposa, con mi comunidad, con mi familia y amigos, que me han permitido ahondar más en sus vidas, ellos en la mía y en la vida en general, descubriendo y/o recordando lo importante de ella.

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Como a muchos, creo que me enseñaron bien a diferenciar lo absoluto de lo relativo. Mi alegría proviene de mis absolutos, no de mis relativos.

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A mirar la vida, al parecer, también se aprende.

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Álex Villarreal