¿qué hace sonreír a JOSÉ R. PALENCIA?

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Soy un joven de 31 años que este año estoy en Granada viviendo la experiencia del noviciado. Con gusto y con sencillez comparto con vosotros aquello que me hace feliz, aquello que me hace sonreir en esta etapa de mi vida, pues ¿para qué lo quiere uno si no lo comparte?

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Me hace sonreír el sentirme llamado cada mañana a ser misionero, misionero en comunidad, misionero claretiano. Cada vez voy descubriendo con más fuerza cómo la comunidad es la primera misión, misión que uno no elige. Las personas con las que estoy compartiendo este tiempo, la comunidad que construimos y a la que somos llamados está siendo un regalo. Pongo mi alegría en tratar de construir la comunidad como lugar de perdón y fiesta, en la que por un lado abrazar cansancios, inquietudes y debilidades de otros, y por otro lado saber reir, alegrarse con los demás y celebrar todo lo que nos es regalado; y todo sin condiciones, más allá de si alguien me cae bien o mal.

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¿Y cuando no puedo? Porque muchas veces no puedo… Entonces he de mirar y saberme mirado con cariño por Dios (Mc 10, 21), saber que a pesar de todo él me ama, se vuelve la fuente de mi alegría, me hace sonreír. Me ayuda a ir teniendo un corazón menos duro para con los demás, más acogedor; me ayuda a acompasar mi corazón con el del prójimo, para poder vibrar en el encuentron con él, porque todos tenemos algo en lo que anhelamos ser acogidos, amados y dignificados.

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Algunas veces reconozco estar un poco ciego, y descubro con dificultad lo que me hace feliz. Ahora por ejemplo, soy voluntario en una parroquia del barrio de Almanjayar de Granada. No doy catequesis, ni llevo ningún grupo de jóvenes. No preparo ninguna reunión ni charla de ningún tipo. Soy uno más de un montón de personas que tratan de acoger la vida del que entra por la puerta, sea quien sea y traiga lo que traiga; y procuran escuchar lo que realmente la gente del barrio necesita, pues muchas veces damos sin escuchar. A veces siento que fracaso, que no hago nada o casi nada. Solo voy los viernes y estoy. Y ahora, despues de un tiempo voy dándome cuenta de lo difícil que es a veces caminar y acompañar sin ser protagonista, como uno más, de lo difícil que es permanecer al lado del que sufre en silencio y no es escuchado. Pero en medio de ese cáliz amargo, difícil de beber (Mc 10, 38), muchísimos días descubro una oportunidad para enraizarme en Dios, para saber por qué estoy donde estoy y para abandonarme a su amor, en los brazos de su ternura… ¿Y a quién no le hace sonreir sentirse así?

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Para mi, la fuente de mi alegría es ir descubriendo, tan solo intuyendo, un amor —el de Dios— que me va cambiando la forma de mirar, que me lleva al olvido de mí mismo por los demás, a renunciar dando la vida con alegría y sencillez de corazón. Para así mostrar mejor la sonrisa que brota del abrazo misericordioso de Dios y contagiarla a otros. Sonreír es amar.

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José Ramón Palencia