A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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¿Qué significa ser Claretiana Religiosa de María Inmaculada?

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Es una pregunta que me he hecho muchas veces desde la Primera Profesión, porque el nombre da identidad en interacción dinámica con la realidad.

El primer nombre de la Congregación, sugerencia de Dios a Mª Antonia París fue: Apóstoles de Jesucristo a imitación de María. Así, una primera respuesta es que ser Claretiana es ser “como Ella” mujer creyente y consagrada a su Hijo. 

Parecerme a ella ¿en qué? Leyendo los textos evangélicos que hablan de María, admiro su capacidad para escuchar la Palabra y llevarla a la práctica. Me gustaría, como Ella, acoger la Palabra con tal pasión en el corazón que la diera a luz, que la hiciera vida. ¿No es esa también la esencia de la vida misionera? Ser colaboradoras, maternalmente, engendrando la Palabra y anunciándola. Y siempre discípulas de Jesús. Parecerme a ella en ser “experta en visitaciones” para transmitir la alegría del Evangelio a las personas con quienes me encuentro cada día. 

Imitar a María en las bodas de Caná, suplicando a Jesús que haga algo por tanta gente como necesita hoy su cuidado y protección maternal. Parecerme a Ella firme ante la cruz y el dolor, presente de mil maneras en la vida, con perspectiva de resurrección.

Y una segunda respuesta es que ser religiosa de María Inmaculada es ser “de Ella” como Claret nos sugiere, ser como una saeta en manos de María Inmaculada y así poder “ser lanzada contra el mal” (Aut 270). Vivir de tal forma que, como una pequeña flecha, sea suficientemente rápida, ágil, ligera, dispuesta… para anunciar el Evangelio y para ser lanzada por Dios donde más se necesite. Y así, ser Claretiana, Religiosa de María Inmaculada, la mujer del Apocalipsis en lucha permanente para que el mal, tan presente en todas partes, no arrebate las semillas de vida esparcidas abundantemente también por el mundo y en nuestro propio interior. 

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