¿QUIÉN SOY YO?

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A lo largo de la vida de un ser humano se repite una pregunta como cantinela interior: «¿Quién soy yo?». Esta pregunta nace inquieta en los primeros años de nuestra adolescencia e irá cobrando fuerza y empuje a medida que la vida avanza pujante por entre los aconteceres de cada uno/a.

Saber quién se es, es un deseo de todo ser humano. Muchas veces acallamos esa pregunta, otras la respondemos de manera superficial y rutinaria. En ocasiones, sucede que para responderla utilizamos tan solo los datos externos: «lo que dicen de mí», otras veces nos refugiamos en nosotros mismos rechazando todo espejo exterior para crearnos una auto imagen que nos tranquilice, que nos complazca, que nos reafirme frente a críticas o frente a la propia inseguridad.

Sea como sea, la pregunta está ahí y hay muchos momentos en la vida de una persona en los que cobra fuerza y protagonismo. Durante la etapa personal, de formación de la propia identidad es necesario bucear una y mil veces en los fundamentos de tal identidad para construirla y darle consistencia. Sin embargo y paradójicamente, el siguiente paso será la «de-construcción» del «yo» que deje paso al verdadero Ser que se sitúa mucho más allá, en un Centro en el que somos todo con todo, uno con todos, parte del Todo, hijos e hijas de Dios y por lo tanto con esencia divina.

He escogido un poema de Dietrich Bonhoeffer titulado precisamente «¿Quién soy yo?». Me llamó la atención encontrarlo entre sus cartas y apuntes durante su cautiverio. D. Bonhoeffer nació en 1906 en Breslau (Alemania). Fue pastor, teólogo y profesor. Miembro de la Iglesia confesante alemana, participó activamente en la resistencia contra Hitler. Fue encarcelado en 1943 y ejecutado el 9 de abril de 1945.

Este poema estremece por el contexto vital en el que fue escrito. Un hombre encarcelado, en medio de la Alemania nazi. Un ser humano que dentro de la cárcel, con coraje se enfrenta a las grandes cuestiones vitales. Agotado por la situación, aún ejercita una mirada auto crítica, reconoce con total franqueza y claridad los puntos débiles de su persona, lo que sólo uno mismo puede percibir de sí y el contraste que se genera con lo que los demás dicen de él. Surge la pregunta como surge en nosotros aun en circunstancias bien diferentes: «¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí? / ¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?».

El contraste está ahí, nos puede llegar a inquietar, haciéndonos dudar de si no somos sino actores y nos lleva a ahondar en la pregunta. Bonhoeffer nos ofrece el lugar del descanso: la certeza de ser conocido por Dios expresado tan bellamente, con la imponente simplicidad de quien se abandona: «¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí. /Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios»

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

que salgo de mi celda

sereno, risueño y seguro,

como un noble de su palacio.

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

cuando hablo con mis carceleros

libre, amistosa y francamente,

como si mandara yo.

¿Quién soy yo? Me dicen también

que soporto los días de infortunio

con amabilidad, sonrisa y orgullo,

como alguien acostumbrado a vencer.

¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí?

¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?

¿Intranquilo, ansioso, enfermo,

cual pajarillo enjaulado,

aspirando con dificultad la vida,

como si me oprimiera la garganta,

hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,

sediento de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,

agitado por la espera de grandes cosas,

impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,

cansado y vacío para orar, pensar, crear,

agotado y dispuesto a despedirme de todo?

¿Quién soy yo? ¿Éste o aquél?

¿Seré hoy éste, mañana otro?

¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita

y ante mí mismo un despreciable y quejumbroso débil?

¿O tal vez lo que aún queda en mí se asemeja al ejército derrotado

que se retira en desorden

sin la victoria que consideraba segura?

¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí.

Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!