Reflexiones «estáticas» 1

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest

La bicicleta y yo.

Hace casi tres años, hice espacio en casa para una bicicleta estática sencillita. Nunca lo hubiera pensado, pero fue recomendación médica, así que me vi permitiendo la entrada de esta “huésped” no deseada y reacondicionando un hueco para ella. Nunca me han gustado los gimnasios y polideportivos. Así que la única forma de ser fiel a la cita con el pedaleo prescrito, fue traer la bici a casa, eso sí, con gran resignación por mi parte.

“Entronizar” una bicicleta que no va a ningún sitio en mi hogar, me causaba una especie de sensación de dar el brazo a torcer a algo que nunca había entrado en mis cálculos existenciales, pero tampoco decorativos (meter en un piso de tamaño medio una bici estática, te fastidia bastante la decoración). 

No obstante, la salud “manda” y me vi un día subida en una bicicleta pedaleando sin moverme hacia ningún lugar. Ese “darle” a los pedales sin más, contabilizando kilómetros, calorías quemadas, pulsaciones de mi corazón, velocidad del pedaleo, se me hace pesadísimo y me crea una sensación de “tontuna” vital importante cada vez que lo afronto. Para lidiar con todas las voces que me preguntan dentro de mí qué narices hago yo ahí, me ayudo de la música en ocasiones (por cierto, la Sinfonía nº1 de Beethoven acompaña de maravilla el pedaleo), otras veces de buenos vídeos que pongo en la tablet, pero, la mayoría de ocasiones, pedaleo en silencio escuchando-me.

Y ese “escuchar-me” mientras voy a ningún lugar, es el origen de estas “reflexiones estáticas” que quiero compartir con vosotros.

En esta primera reflexión estática me centro en el título que he elegido y que, desde mi experiencia vital, tiene mucho de oxímoron, me explico: 

El acto de reflexionar siempre ha sido para mí punto de partida de movimientos y cambios vitales y ejercicio de “orden interno” para situar mejor los avatares vitales. Nunca he puesto en acto el verbo reflexionar de una forma “estática”. Reflexionar me moviliza, me ilumina en ciertos aspectos, me inspira, me descubre horizontes nuevos, se parece más a un ejercicio de gimnasia interior que a un mero elucubrar mental. Me sitúo en una vivencia y comprensión de la reflexión como esa “razón poética” a la que alude María Zambrano. No se trata tanto de “rumiar” conceptos, cuanto de un cierto ejercicio de aunar contemplación y razón. Podríamos decir que, en mi caso, reflexionar evoca esa imagen de quien “se flexiona” sobre sí mismo, no para encerrarse en sí, sino para focalizarse activamente en un “pensar” que incluye la mirada interior, la percepción, el momento del “eureka”.

Por eso, nada más lejos que lo “estático” en mi modo de entender y practicar el acto humano de reflexionar. Sin embargo, montada en mi bicicleta, pedaleando sin moverme de casa, me ha ido pareciendo que el oxímoron tiene sentido: Para poder ejercitar una reflexión profunda, una reflexión  que movilice el ser y que no se transforme en mera “verborrea” interior, se requiere cierta “quietud”, se precisa dejar de correr, detener un tanto o mucho la prisa, el anhelo de llegar y, en cambio, afinar el oído, la mirada, el olfato, el gusto y el tacto, dándose tiempo para “gustar internamente” al estilo ignaciano.

Este pedaleo estático me evoca el ejercicio de “aburrir al ego” tan propio de la meditación zen. Un ejercicio repetido de forma sistemática crea la posibilidad para lo que Karlfried G. Dürckheim denomina “la gran transparencia”. Hacernos permeables a la trascendencia se convierte en el objetivo de la práctica. 

Recordando esto, mi pedaleo a ninguna parte se transforma en una meditación. Iré compartiendo algunas de esas meditaciones o reflexiones estáticas que deseo nos indiquen y conduzcan hacia lugares vitales ricos y fructíferos. ¿Pedaleas conmigo?