RESPONSABLES DEL MARKETING

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Nuestra pertenencia filial a Dios no es un acto individual sino eclesial: la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es fuente de una vida nueva junto a tantos otros hermanos y hermanas. Y esta vida divina no es un producto para vender —nosotros no hacemos proselitismo— sino una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar; este es el sentido de la misión. Gratuitamente hemos recibido este don y gratuitamente lo compartimos (cf. Mt 10,8), sin excluir a nadie.Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y a la experiencia de su misericordia, por medio de la Iglesia, sacramento universal de salvación (cf. 1 Tm 2,4; 3,15; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48) (Mensaje del Papa, 2019).

Hace poco hice croquetas para la comunidad. Suelo comprar las de Mercadona que están bien, pero ese día las otras cinco hermanas de mi casa estaban en una reunión provincial intensa y pensé que se merecían encontrar a la vuelta una cena rica. Mi iniciativa como fracaso, fue todo un éxito: volvieron tarde y cansadas, ya habían cenado y por más que traté de “venderles” las croquetas,  no conseguí dar salida a ninguna y se fueron derechas al congelador.

 Creo que esa noche entendí un poco mejor, en talla minúscula, cómo debió sentirse el rey de la parábola (Mt 22,1-14) cuando vio que la sala de su fiesta seguía vacía y ninguno de los convidados  hacía caso del mensaje que les había enviado a través de sus criados: “Os estoy esperando, ¡he preparado un banquete espléndido!”. 

La actividad misionera tiene mucho que ver con esa invitación: “La vida divina no es un producto para vender –dice el Papa en su mensaje-  sino una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar; este es el sentido de la misión”. Tiene que ver con un banquete preparado, como aquel de “manjares enjundiosos y vinos de solera” que anunciaba  el profeta Isaías (25,1-5). Es una invitación apremiante, una buena noticia cargada de promesas y por eso, cualquier cristiano que haya probado la alegría del Evangelio, está llamado a convertirse en uno de esos portavoces impacientes por comunicar a otros qué generoso es el festín de la casa del Padre. El “producto espléndido” que se nos ofrece  no depende  de nosotros: el marketing sí. 

Los sirvientes  de las bodas de Caná (Jn 2) lo hicieron de maravilla: iban ofreciendo a los invitados de la boda el vino de aquellas tinajas que antes contenían solo agua y Juan ofrece un dato precioso sobre ellos: “El maestresala probó el vino nuevo sin saber su procedencia (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua)”.

Lo mismo que ellos, tenemos la suerte de saber por qué el Vino de nuestro banquete es el mejor que nadie haya probado nunca y lo vamos ofreciendo gratuitamente, “porque gratuitamente lo hemos recibido”. 

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