Revolución

Han despertado las masas. Ya no sirve el pan, ni el circo. El gobierno populista toca techo y desciende, cae empicado. El gobierno de hierro tiembla sobre sus pies de barro. La revolución tiene nombres infinitos: Chile, Bolivia, Venezuela, Hong Kong, Líbano … Recorre la tierra de uno a otro extremo, se extiende como una magia que promete mundos mejores, justos de una vez por todas. 

Es justo alzar la voz y las armas cuando se tiene la piel marcada por tantos golpes, tanto abuso. Es humano morder la mano que te ha arrancado la comida de la boca y ha matado a tus hijos de hambre. Es lógico si ninguna otra puerta se abre, si no existen más palabras que desanuden la historia, si los acuerdos quedan mudos y se olvida todo derecho. Quién sino ellos mismos podría liberarles de un yugo semejante. Cómo sino a la fuerza podrían defenderse de la violencia de los fuertes. Estaban abocados a la revolución, con todas sus muertes, sus errores y sus mártires; con la ira estallando en las calles y el ruido haciendo llorar a los niños; con el caos, el vacío, la destrucción, la guerra. Qué otra cosa podría sacarles del fango.

Pero yo he oído otras voces, más silentes, que anuncian justicia sin quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante. Verbos nuevos que recuestan al lobo junto al cordero y detienen el mal con la fuerza de un Bien que no es débil. He oído historias de lanzas que se convierten en podaderas y espadas de las que se forjan arados que siembran, no destruyen, dan vida, no aniquilan. 

Quizá los portadores de esta Vida, verdadera revolución de Paz y de Unidad, estén dormidos. Quizá no llegaron a tiempo para ser puerta que abriera libertades a los que son oprimidos. Puede que el Bien sea aún pequeño, frágil, siempre tan humilde.

¿Quién nos salva? ¿Solo la violencia puede contra los violentos? ¿Dónde estamos la luz y la sal? 

Señor, enséñanos a orar.

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