Rutinas que dan vida

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Cuando se está cerca de niños pequeños, comprobamos la importancia que tiene para su desarrollo establecer una serie de rutinas que organizan su vida. Nosotros, aunque de otro modo, también tenemos costumbres y horarios que nos estructuran lo diario de modo repetitivo. Con todo, las rutinas tienen muy mala fama. La publicidad nos anima una y otra vez a romper con ella y a realizar actividades que nos saquen de lo cotidiano y sean extraordinarias. Pero no solo tienen esta percepción quienes pretenden vendernos sus productos, pues también nosotros confundimos muchas veces lo repetido y cotidiano con lo aburrido y mecánico.

Lo que convierte el día a día en una inercia monótona no es que hagamos prácticamente lo mismo, sino el modo en que nos situamos ante ello. Cuando somos capaces de vivir con pasión cada situación que tenemos delante y descubrir los matices de novedad que nos aporta cada día, descubriremos que lo ordinario siempre esconde momentos extraordinarios. Esto lo entiende muy bien la tradición cristiana, porque tenemos temporadas largas en el calendario litúrgico que llamamos “tiempo ordinario”.

El “secreto” que nos ayuda a los cristianos a no vivir de modo tedioso nuestras rutinas tiene que ver con una promesa de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). La certeza de que el Resucitado está siempre a nuestro lado y nos sale al encuentro en lo cotidiano ¿nos permitirá afinar la mirada y buscar sus huellas en nuestro día a día?

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