Todo el caminar de Israel gira en torno al momento culminante en la historia de la salvación. Desde el principio de los tiempos, Israel aguardaba la manifestación de Dios, la expresión de la hokmá, de la sabiduría divina. Aguardaban, en suma, la revelación del nombre de Dios, del verbo encarnado.

Y el nombre de Dios, el verbo encarnado en Jesús, masacrado por la oscuridad del mundo, se alza de las sombras en el momento fulgurante de la Resurrección. Es el definitivo alzarse, el definitivo ponerse en pie y abandonar la oscuridad del sepulcro. En una antigua homilía sobre la noche de Pascua, Dios dice así a su criatura: Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Todo el misterio del paso de Jesús por el mundo se resume en esta invitación: la llamada a descubrir que tú en mí y yo en ti somos una sola cosa. La llamada a levantarnos, a ponernos en pie y emprender el único viaje del tránsito humano: el que nos trae de regreso a nuestro propio corazón para descubrir que lo divino es nuestro rostro más íntimo, y que lo sagrado es nuestra única morada. Ningún otro viaje es comparable a éste, porque es el único que nos lleva de regreso a casa. Al hogar íntimo del corazón donde podemos abrazar nuestra estirpe divina. Levántate. Salgamos de aquí. Entremos en la intimidad del alma, donde el abrazo eterno une el ocaso con la aurora. Levántate, porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.