San José: Felices los misericordiosos

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Él se hizo padre de un hijo que no era suyo. Abandonó sus proyectos, sus planes y cualquier cosa que significase restarle atención a esa vida misteriosa que irrumpía como un relámpago en su historia contradiciendo sus deseos. 

José era uno de los nuestros, un hombre hecho para desearlo todo. Es nuestra humana naturaleza la que nos infunde una pulsión que a cada instante nos hace desear lo pleno, lo bello, lo satisfactorio. 

Pero también a nosotros, como a José, nos acontece a veces lo inesperado: un marido que enferma y nos reclama por completo; un hijo que se pierde en los vericuetos de una juventud difícil; una injusticia de la que somos testigos y que, espontáneamente, nos empapa de compasión por las víctimas de esa pobreza, o de ese maltrato, o de esa mala suerte.  

Como en el sueño de José, escuchamos una voz que nos hace virar el timón. Olvidamos los antiguos objetivos, perdemos la obsesión por la rentabilidad y el bienestar. Como José se desvivió por aquel niño, que era Dios inerme y frágil, entregándole todas las horas del día, el trabajo y el sudor, los abrazos y el afecto de un padre, así nosotros somos imantados por el dolor de otros, y a ellos les regalamos tiempo, el interés, las fuerzas, los desvelos, la emoción y la inteligencia. Nosotros, hechos para lo bello, lo bueno, lo abundante, nos sentimos de pronto atraídos por la debilidad y por lo enfermo, por lo que nos complica la vida.

Se nos abren las entrañas y en ellas acogemos las vidas sufrientes de nuestros semejantes. El corazón viejo se nos vuelve misericordia, portador de las miserias de muchos (miseri-cordis) y solo entonces probamos la inigualable bienaventuranza, la felicidad del santo, la paradójica alegría dada a luz en el olvido de sí, en el cargar con vidas ajenas. Gustamos la dicha de José, bienaventurado, santo, feliz de ser, sencillamente, un vacío acogiendo la pequeñez del Dios niño, un padre que vive las palabras que dirá su Hijo: “Bienaventurados los misericordiosos”.

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