“SÓLO DIOS BASTA”

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En la catequesis me impactaba siempre oír formular el primer Mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Era como un imperativo grandioso, que retumbaba en mis orejas, y me dejaba con muchos interrogantes. Lo veía muy grande, no inalcanzable, pero sí peliagudo: “¿cómo se logra esto?”. La verdad, me pudo siempre la vergüenza, y nunca me atreví a formular esa pregunta a nadie: ni catequistas, ni familiares, ni profesores… A nadie. Pero rondaba en mi interior, como una música de fondo. Para nada inquietante, pero sí como algo de verdad importante. Quizás un reto interesante, o una cuestión que merecía la pena explorar, o un proyecto en el cual no me disgustaba invertir energía.
Te vas haciendo mayor, vives etapas de diferentes colores y sabores… Pero aquella Voz ha persistido, suave y delicada. Y es ahora cuando contemplo que fue ella la que me guió imperceptiblemente a tomar partido por unas opciones o por otras. A hablar de una determinada forma (incluso a callar), o de otra. Aquella Voz ha sido un guía, un maestro interior. En su misma escasez de realización (nunca se llega), el primer Mandamiento tiraba de mí y me ayudaba a construir mi vida de fe.
Hace poco, hojeando el Catecismo (nº 1807), me sorprendió encontrar asociada o asimilada la llamada “virtud de la religión” a la virtud cardinal de la justicia. Justicia considerada, no ya únicamente hacia nuestros hermanos más pobres y desheredados de la tierra…, sino justicia para con Dios: darle a Dios aquello que le pertenece. “Al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Darle lo que me ha dado, o sea, todo. Darle, en un movimiento de reciprocidad, libre y alegre, mi vida. “Aquello que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.
El primer Mandamiento es el gran olvidado. Dios es “el Gran Olvidado”. Nuestra vida, tan breve, no nos pertenece: nos ha sido confiada, otorgada, regalada… Y te preguntas, mirando alrededor, si alguien piensa en Quién nos la confió, otorgó, regaló… Si alguien le musita un “gracias” desde lo más hondo del corazón… y al hacerlo, siente en carne viva, que sólo su Dios le colma, le sacia, le plenifica…
Creo que Santa Teresa sabía algo (o mucho) del primer Mandamiento… y de ahí su exclamación: “¡sólo Dios basta!”.