Llevamos todo el curso invitando a SONREÍR. Esta invitación es especial en Pascua. El tiempo de la alegría desbordante,  ¡porque CRISTO HA RESUCITADO! Aunque parezca INCREÍBLE es CIERTO.

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La palabra INCREÍBLE la utilizamos en varios sentidos. Uno es tal cual: no me lo creo y punto. Otro sentido es aplicarlo a algo que nos gusta tanto, que nos resulta difícil de creer… ¡de pura alegría!

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Parece que los seres humanos somos más propensos a vivir la Cuaresma y la Semana Santa que la PASCUA, como que le echamos más energías en esto y luego, cuando llega la Pascua no sabemos qué hacer ni cómo celebrarla. Parece que somos más dados al sufrimiento que al gozo, a los Via crucis más que a los Via Lucis… ¿Estamos más acostumbrados a la muerte que a la vida? Quizá porque con todo eso nos encontramos casi todos los días y es palpable, queramos o no:  el sinsentido,

la muerte, la violencia, la negrura, el sufrimiento… nos llegan a diario. No  hace falta creerlo para verlo y experimentarlo. Pero ¿qué hacemos con eso? A mí me provoca rebeldía, impotencia, tristeza, angustia… ¡necesito una salida! Alguien ha dicho que “la imagen del descenso a los infiernos es quizá lo que más corresponde a la situación histórica que vivimos” (O. Clement). Es hoy el momento cuando nos sentimos rodeados de todo tipo de nihilismos, el lugar providencial

para hacer estallar esta noticia:

¡Cristo ha resucitado! Cristo desciende a los infiernos, para vencer todo infierno, para vencer a la muerte.

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Nos cuesta creer la Resurrección, porque escapa a las coordenadas históricas que vivimos. La resurrección de Jesús no es una mera vuelta a la vida, sino otra vida plena, sin fin, sin recortes ni limitación, totalmente nueva.

Y ese anuncio que lo deseamos de verdad desde el

fondo de nuestro corazón, de  nuestra impotencia, desesperanza… de tan grande como es, nos resulta ¡INCREÍBLE!

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Increíble les parecía a Pedro y Juan cuando María Magdalena les anuncia el sepulcro vacío… Increíble les parece a los discípulos encerrados por el miedo… y cuando Jesús se les presenta en medio, la alegría de verlo vivo otra vez es tan grande que les parece imposible…

Tomás tampoco cree a sus hermanos cuando se lo anuncian…

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¿Y Nosotros, creemos? ¿damos crédito a la alegría y a las buenas noticias? Como Tomás nos cuesta creer, pero su experiencia de poder meter el dedo en las llagas de Jesús, nos ha regalado la confesión de fe más bella de la Escritura: “Señor mío y Dios mío”.

Tengo que sumar mis dudas a las suyas y luego fiarme

de este hombre que pasó de incrédulo a creyente, no solo ese día, sino también los que vendrían después, jugándose la vida por Jesús el Cristo. Cuando Jesús le dice: dichosos los que crean sin haber visto,

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se refería a nosotros… Es tarea no de un día, sino algo lenta, pero se puede llegar a creer lo INCREÍBLE: un muerto ha vuelto a la vida. Se lo jugó todo y Alguien (El Padre) apostó por Él. Fue el grano de trigo que dio fruto muriendo, y el fruto es nuestra fe uniéndonos a Él, en su Espíritu. Él dio TODO,

nosotros demos nuestro consentimiento, nuestro deseo, nuestra súplica, y pongamos nuestra vida a disposición del Espíritu, viviendo como hombres y mujeres resucitados, diciéndole cada día con nuestras actitudes

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y nuestros gestos: Tú sabes que te quiero. Que Lo amamos y agradecemos la Vida que nos regala regalándola. Y queremos escuchar su voz dejándonos guiar y acompañar cada día por Jesús Buen Pastor. Y nunca en solitario, sino en fraternidad misionera que celebran, que  anuncian lo que viven.

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De Tomás podemos seguir sacando partido en esta Pascua. No se esfumarán nuestras dudas por arte de magia, seguiremos dudando humildemente y ahí se podrá

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ir despertando la fe en el Resucitado. Quizá sea un deseo, una pregunta ¿será verdad… será posible que haya resucitado? Pero a las dudas tendrá que acompañar una experiencia: si no me urge la alegría, el anuncio de la resurrección, un mayor compromiso, las ganas de celebrar con otros… es que ciertamente no me lo creo. Sigo en el Viernes Santo, con cara de Cuaresma…

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Antes de esperar a tenerlo todo “claro” y de esperar una “aparición”, quizá lo mejor sea ir por la vida con los ojos y el corazón abierto a las sorpresas, con la intuición despierta para descubrir la presencia de Jesús resucitado en sus hermanos más pequeños, en la vida que renace cada día, en medio de una comunidad cristiana, en la Eucaristía y los sacramentos… dar cabida a la experiencia, como los discípulos, antes que a la razón y ver  si voy teniendo más esperanza o no, si me nace el coraje en la lucha por una sociedad resucitada o no, si hay más alegría o tristeza, si hay más amor a fondo perdido o no, si te sientes de verdad arrancado del infierno por Jesús o sigues en él, si nos sentimos resucitados, levantados, despiertos o no…

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La vida resucitada, la fe, se extiende no por razonamientos, sino por la misma vida. Y ya dice Jesús que es al ver nuestra vida, cómo nos amamos, cómo hablamos, cómo actuamos, al vernos unidos… como el mundo creerá. Ese es el testimonio que el mundo espera. Y podremos darlo con la fuerza del mismo Espíritu que resucitó a Jesús. El “dador de vida” podrá transformar vida en toda muerte. ¡Créelo! ¡ponte a tiro de la Vida!

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Al final, como en todo, lo decisivo no es lo que los otros nos cuentan, sino la propia experiencia. Vive, experimenta, sonríe, ¡sé feliz! ES INCREÍBLE

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