SONRÍE y sé feliz – BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN – Las Bienaventuranzas. por Adolfo Chércoles!

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SONRÍE Y SE FELIZ

Las Bienaventuranzas con Adolfo Chércoles

SEXTA: BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN

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¿Qué problema de la persona toca esta Bv? La propia identidad. En la 4ª Bv vimos que el ser humano no nace programado por un instinto como los animales y tiene que buscarse un para, un marco de referencia, que Freud llama Super-yo, que se concreta en la “imagen”, pero que siempre está pendiente de su verdad (su realización), es decir, de que lo que digo “querer ser”, “sea”. Y es que el problema de la propia identidad está permanentemente interrogado por una constatación: la autenticidad, la coherencia, la fidelidad… Sin éstas, nuestra identidad queda en entredicho. Para solventar este problema surgen nuestros habituales mecanismos de justificación.

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La autenticidad y sus equivalentes apuntan a hacer coincidir mi vida real con lo que digo querer ser: el ideal de mi Yo -Superyo-, mi marco de referencia. Y los cristianos tenemos como marco de referencia el Evangelio. Pero nadie se considerará “auténtico”… Estamos, pues, ante algo muy peculiar: por un lado “ser auténtico” no sirve para nada, porque si alguien dice que lo es, nadie le va a creer; y al mismo tiempo es una ofensa calificar a uno de “no-auténtico”, de “incoherente”.

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Es decir, habría que decir que lo que plantea la autenticidad  es una tarea siempre pendiente, no la satisfacción de un logro, una constatación. Por otra parte, la “autenticidad”: ¿dónde hay que ponerla? ¿En cumplir lo establecido al pie de la letra? ¿O más bien atender al espíritu? Ley-Espíritu ¿En aparecer “justo” -la imagen-?, ¿o procurar interiormente vivirlo? Exterior-Interior. Todo esto encierra la problemática de esta Bv. La limpieza de corazón sería el reto de la autenticidad, con todas sus paradojas y callejones sin salida

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La experiencia de Jesús

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  • En la segunda tentación (Mt 4, 5-7), el diablo plantea a Jesús que su presentación en público debe asegurar que su identidad sea creíble y aceptada. Saltar desde el alero del templo sin que le pase nada va dejar a todos impactados y atónitos y no tendrán más remedio que reconocer tu identidad.” El ofrecimiento está lleno de “lógica” desde nuestra mentalidad. Pero Jesús vivió  “sin hacer alarde de su condición divina”, sin ‘tirarse del alero’; ha venido en carne, en debilidad, sin presentar un “Dios como Dios manda”, en reciprocidad. Su identidad no va a necesitar ni del prestigio, ni del poder, ni siquiera, del reconocimiento ajeno, solo requerirá un respuesta en libertad.
  • La identidad que Jesús va suscitando es una identidad ‘a la intemperie’. Impresiona constatar que en el Ev no hay ‘iniciados’. Su llamamiento es ‘a todos’. El todo lo humano es cristiano sintetiza esta original ‘identidad’ que nadie puede secuestrar ni puede suscitar exclusiones. La fe cristiana está llamada a ser universal. Otra cosa es que “todos” respondan: “Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mt 22, 14). Jesús nos hace tocar fondo en el problema de la identidad humana. Jesús apunta a la convergencia (amor), no a la exclusión (competir en la diferencia).
  • ¿Cuándo esta identidad es auténtica? En Mt 22, 34-40 el fariseo pregunta a Jesús por el “primer mandamiento”. Su respuesta va más lejos: le añade un “segundo” que es “semejante al primero”, para concluir que “de estos dos penden toda la Ley y los Profetas”. En esta respuesta hay un denominador común a todas las cosas que se enumeran (corazón, alma, mente, prójimo): todo y como a ti mismo. Ambas expresan globalidad, totalidad. Es decir, la autenticidad de esta identidad  tiene que ponernos en juego en nuestra totalidad, no una parte. No es un ‘cachito’ de mi corazón, ni de mi mente, ni de mí mismo lo que daría autenticidad a mi religiosidad. A esto apuntaría el reto de esta Bv: el corazón limpio. ¿Cuántas veces en tema de amistad o cariño la queja profunda es cuando se descubre que la persona querida “se guarda algo”?

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LaS PALABRAS de Jesús

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  • Mt 15, 1-20: el problema interior-exterior. “Lo que sale del corazón, es lo que hace impuro al hombre”.  Es decir, Jesús opta por lo interior a la hora de decidir dónde poner la “autenticidad”.
  • Mt 12, 1-14: el problema ley-espíritu. La Ley es un marco de referencia del que es ser humano no puede prescindir, pero cuyo único sentido es su “salvación”: necesitamos saber lo que sería mejor para todos -no  para mí solo- porque no nacemos programados por un instinto. Pero este marco de referencia no se puede absolutizar (no podemos tenerlo tan fijo que podamos ir por la vida con los ojos cerrados), pues está llamado a salvarnos –¡a todos!-, a llenarnos, no a destruirnos. Por eso las leyes están llamadas a evolucionar, no a desaparecer.
  • La autenticidad, por tanto, de nuestra identidad no está asegurada por nada exterior, sino que me la juego en mi interior -en el corazón. Queda, sin embargo, un problema más profundo: ¿para quién soy auténtico? En Mt 6, 1-21 Jesús avisa que cuando demos limosna -y hay que darla, aunque ahora hablemos más de compartir- que no lo vayamos trompeteando… con el fin de ser honrados por los hombres. ¡Cuántas veces nos quejamos de que “no me valoran”…! La vanidad es algo muy infantil y no supera el ridículo, pero es más problemático desenmascarar el engreimiento. El vanidoso está preocupado por el ‘monumento’ que los demás deben construirle, pero el engreído se lo construye a sí mismo. Es el monumento a nuestro narcisismo infantil. Ante eso, “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”: la verdadera limpieza de corazón no busca la ‘autenticidad’, sino responder a la necesidad concreta del otro. Esto es el verdadero servicio, el ‘echar una mano’, sin protagonismos ni medallas, todo queda en secreto. Es la grandiosidad de la gratuidad. Uno se pregunta si la gratuidad no será la experiencia humana más limpia, la que más nos sorprende y llena, porque, en el fondo, se confiese o no, se palpa, sin saberlo, al Único que ve en lo secreto.
  • Por otro lado, la invitación de Jesús a “ser luz” (Mt 5, 14-16) parece una contradicción. En la cita se nos dice que tenemos que ser luz que alumbre a todos, no que “deslumbre”. En efecto, la luz  por definición no la vemos; vemos las cosas gracias a que hay luz, que no es lo mismo. Una cosa es alumbrar y otra des-lumbrar. Cuando se nos ‘deslumbra’, no vemos nada. Esta cita, sino que nos da el verdadero alcance de la gratuidad. No es mojigatería ni falsa humildad, sino el “andar en verdad” de Santa Teresa. Nada da más luz que la vida sencilla.
  • Pero es el cuento del Samaritano el que nos da el verdadero alcance de esta Bv: Lc 10, 25-37. El Evangelio no pide héroes. Sin embargo, la terminología (manera de hablar) de los “auténticos”, de los coherentes, apunta a compromisos heroicos (a cosas muy difíciles y complicadas, fuera de lo normal). Y esto parece que no va con Jesús, que pasó como ‘uno de tantos’. Por otro lado, la vida está llena de obviedades (de cosas normales) a las que respondemos con la mayor espontaneidad sin sentirnos en absoluto héroes. La realidad exige ir con los ojos abiertos y no dar rodeos. Por tanto, mi ‘autenticidad’ está a la intemperie, no está programada, sino que es respuesta a lo inesperado, a lo que me sale al encuentro. La única condición, al  parecer, es que no dé un  rodeo. Y lo que se me pide es echar una mano.
  • En 1988 estábamos vendimiando en un pueblo de la Mancha. En esta zona se vendimia con una espuerta grande de dos asas, lo que  obliga a ir en pareja. Conmigo estaba la Mari, una gitana que tenía unos 17 años.  Era el segundo año que trabajábamos juntos. Un día, en pleno trabajo, oigo el siguiente comentario a la pareja que vendimia a nuestro lado: ‘Pues ese será muy honrado, pero no es bueno’. Me resulta curiosa la frase y pregunto a la Mari: ‘Y ¿eso qué quiere decir?’, respondiéndome con la mayor naturalidad: ‘Pues eso, que será muy honrado, pero que no es bueno’. Ante mi insistencia, se me queda mirando con cara de sorpresa: ‘¿Es que tú te crees que yo no sé distinguir entre bueno y honrado?’  Pero ¿qué diferencia hay?’ ‘Hombre, Adolfo -me responde con la mayor naturalidad-, ser honrado es no matar, no robar, etc.; pero ser bueno es ayudar a los demás’.
  • Lo que plantea Jesús en esta parábola es que hay que ir por la vida con los ojos abiertos, sin dar rodeos,   sin programaciones (honrados), y con un corazón compasivo (bueno). Al final se nos va a preguntar si hemos sido buenos. Pedro describe así la persona de Jesús a Cornelio: “… y pasó haciendo el bien” (Hech 10, 38). Pero si ser bueno es “ayudar a los demás”, eso no hay quien lo pueda “programar”: no puede prever lo que me voy a encontrar por el camino. No puedo contemplar mi “autenticidad” porque eso sería conformarme con la “honradez”, y nunca sabré a ciencia cierta los “rodeos” que he dado para “justificarme”.

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… PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS

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En Mt 18, 1-10 los discípulos no ven el rostro de Dios, pero sí “sus ángeles”. Por otro lado, “si no nos hacemos como los niños no entraremos en el Reino”. Hemos pues de haceros como niños. A todos nos encantan a una edad muy temprana, cuando el niño es puro espectador y nos va remitiendo a lo que ve con toda simplicidad, desenmascarando a veces nuestras hipocresías; todo esto sin la menor malicia y, lo que es más importante, sin el menor “protagonismo”. Sin embargo, ese mismo niño, que ayer nos encantaba, de repente empieza a molestarnos. Ha entrado en lo que el dicho popular ha dado en llamar “la edad del pavo”, de repente percibe que es “protagonista” (aunque de hecho lo ha sido desde que nació, pero ahora cae en la cuenta). Pues bien, la “gracia” que ha hecho, vuelve a repetirla una y otra vez, y lo que antes nos encantaba ahora nos molesta. Y no sólo por el hecho de hacerse “pesado” sino, sobre todo, por la “escenificación”, el protagonismo. El hacerse como niños es llegar a que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Ese día, “nuestros ángeles” están viendo en el Cielo el “Rostro del Padre”. Veremos a Dios, ¡en futuro!, cuando dejemos de creernos dioses.

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No hay nadie que nos resulte más ridículo que el “creído”, ridiculez que se va convirtiendo en desprecio y repugnancia en la medida en que el engreimiento crece. Sin embargo lo que más nos llena es la sencillez, el logro más complejo al que puede llegar la persona y el que más agradecemos. Ante una persona sencilla nunca nos sentimos amenazados, sino seguros; nunca se nos ocurre competir ni aparentar, porque nos libera de nuestros complejos (taburetes, trompetas…). Surge la reciprocidad confiada y agradecida. Y no confundamos la sencillez con la simpleza: el “simplón” es eso y nada más. La sencillez no se puede definir, tan solo hacemos descripciones que nunca la agotarán porque encierra en sí los opuestos más distantes, sabiendo estar en las circunstancias más dispares con una actitud serena (porque sabe lo que quiere) y recuperadora (porque no pretende competir ni lucirse). ¡Que Dios nos dé este corazón limpio y posibilitaremos fraternidad a nuestro alrededor!

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Por César Caro