SONRÍE y sé feliz – BIENAVENTURADOS LOS POBRES – Las Bienaventuranzas. por Adolfo Chércoles!

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SONRIE Y SÉ FELIZ

Las Bienaventuranzas con Adolfo Chércoles

PRIMERA: BIENAVENTURADOS LOS POBRES…

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Cada Bienaventuranza viene a tocar un problema que afecta a todos. Dicho problema no es precisamente algo secundario, sino algo que toda persona tiene planteado y a lo que tendrá que darle respuesta, o bien la que él ha decidido o bien porque se la han impuesto, pero no se va a quedar sin ella. ¡Y no es lo mismo que sea una u otra! Es decir, el problema que toca cada Bienaventuranza es irrenunciable, está presente en la vida de toda persona y nadie puede evadirse de él.

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El problema de esta primera Bienaventuranza es nuestra relación con los bienes. La riqueza en sí es un bien siempre; ahora bien, ¿cómo situarse frente a las cosas materiales?

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La experiencia de Jesús. Él nació en unas circunstancias “vergonzosas”, vivió toda su vida en un contexto sociológico no “recomendable” (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”). Jesús fue un cualquiera de un pueblo sospechoso. Fue pobre, no “optó por los pobres”. Si no hubiese sido pobre, ¿habría podido decir lo que dijo? Sin embargo, todos se sienten interrogados por el Evangelio. Y es que el lugar más bajo es el más universal. La manera de estar Jesús frente a los bienes (la riqueza) fue desde lo más bajo, como uno de tantos y situado en el desprestigio sociológico.

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Las PALABRAS de Jesús

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  • Jesús denunció la riqueza, en cuanto acumulación, como tentación y peligro.

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 “Mirad y guardaos de toda codicia”, “porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (Lc 12, 15).

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Todos denunciamos el consumo, pero todos estamos enganchados a él y consumimos cosas tan útiles que llegan a suplirnos. En este sentido podemos decir que en el Primer Mundo estamos convirtiéndonos en ‘seres protésicos’. Cada vez más torpes, más inválidos, olvidamos que tenemos inteligencia, imaginación, manos, pies…

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“Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?…” (Lc 12, 22-23).

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Puede darnos luz lo que Juan, conserje de la Escuela de Maestría de Granada, un hombre “sabio”, me decía: “El dinero, debe ser como los zapatos: justico”. Claro que lo necesitamos, pero el “justito”: que cubra las necesidades elementales, pero sin que desencadene “alucinaciones” que llegan a angustiarme, al mismo tiempo que me encierran en mí mismo, provocando una auténtica “adoración” idolátrica: “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Lc 16, 13). Esta situación imposibilita la apertura a Dios y a los hermanos. Es una ley que quien no tiene nada, lo comparte todo; quien tiene algo, ya comparte menos; y quien tiene mucho, ya no puede compartir, tiene que defender lo que tiene.

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  • La pobreza como lugar de revelación del Espíritu.

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“Y dijo también al que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso porque no te pueden corresponder, y se te recompensará en la Resurrección de los justos” (Lc 14, 12-14).

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En efecto, los pobres nos abren a la gratuidad, porque no nos pueden dar nada a cambio. Y la gratuidad es lo que construye fraternidad. Por eso mismo, el contacto con ellos nos libera de nuestros “intereses” y nos abre a Dios.

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A los que hemos tenido la suerte de vivir en zonas muy pobres, lo que más nos sorprendía era la alegría, en medio de unas condiciones tan duras. Se organizaba una fiesta, en la que todos eran protagonistas, con ocasión de cualquier acontecimiento sencillo. Ahora la cosa es muy diferente. En el Primer Mundo no podemos hablar de pobreza en el sentido de carencia. En el barrio en que vivo, que “oficialmente” es el más pobre de Granada, me encuentro en los contenedores barras de pan enteras, ropa en buen estado tirada… Hoy tenemos que hablar de marginación, que no es lo mismo. El pobre es un gigante, el marginado está hecho polvo. ¡Cuántas veces me he encontrado con antiguos vecinos, ahora bien situados -casa, coche, etc.- que me comentan: “¡Y lo a gusto que estábamos en Santa Juliana!…” (un barrio donde no había ni agua corriente, ni servicios), y al preguntarles yo por qué, siempre me responden: “Acuérdate que allí todos nos ayudábamos y podíamos fiarnos unos de otros. Ahora cada uno va a lo suyo y a ver si ‘es’ más que el otro.” La consecuencia de esto es que hoy día hay  “diversión” por todas partes, pero qué poca “fiesta”. No hay alegría sino recelo y competitividad.

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En resumen, los pobres, la pobreza de espíritu, en cuanto carencia de codicia (de acumulación, consumo, ostentación) es un lugar de encuentro con el Espíritu y de fraternidad.

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… PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS

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En la “conclusión” de cada Bv encontramos la razón de por qué es Bienaventuranza. Y aquí nos sorprenden dos cosas: primera, que la recompensa es nada menos que el Reino de los Cielos; y segunda, la más inesperada, que este “Reino” está en presente. Esto contrasta con las seis siguientes, en que la “recompensa” siempre estará en futuro.

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La “recompensa” sea el mismo Reino de los Cielos. Nosotros hemos mandado el Reino ‘a la otra vida’ y pretendemos alcanzar aquí lo que en las seis siguientes encontraremos en futuro. Los “pobres de espíritu” son “bienaventurados”, “porque de ellos es el Reino de los Cielos”, no el “nuestro” de la tierra. Y en efecto nuestros “reinos” de “poder”, “dinero”, “placer”… parecen no tener mucha consistencia, y sobre todo no favorecen la fraternidad, sino que la imposibilitan.

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Los “pobres de espíritu” (los que no caen en la tentación de la codicia) es de ellos el “Reino de Dios” (o como alguno traduce, “tienen a Dios por Rey”). Al no postrarnos y adorar al Dinero, y no tener nada como propio, se posibilita objetivamente la fraternidad, que es lo que pretende cada Bienaventuranza. Esta es como la puerta de todas las demás. Si servimos al Dinero, ninguna de las que siguen será posible, pues surge un abismo entre el pobre y el rico que nadie puede salvar (cfr. Lc 16, 26) Solo en el Dios vivo podemos poner nuestra seguridad, porque hay más felicidad en dar que en recibir (Hch 20, 35).

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Por César Caro