SONRÍE y sé feliz – BIENAVENTURADOS LOS QUE HACEN LA PAZ – Las Bienaventuranzas. por Adolfo Chércoles!

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SONRÍE Y SE FELIZ

Las Bienaventuranzas con Adolfo Chércoles

SÉPTIMA: BIENAVENTURADOS LOS QUE HACEN LA PAZ

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La 2ª Bv tiene una segunda parte, y es ésta. La 7ª Bv viene a plantear la tarea por excelencia del ser humano: hacer la paz. Es importante caer en la cuenta que no dice los “pacíficos”, que sería lo mismo que “los que no se quieren meter en líos”, sino que es algo activo, que hay que hacer porque falta. Es decir, en la segunda Jesús pretendía que no eliminásemos al otro; ahora hay que plantearse ¿qué hacemos con él? Pues bien, lo que hay que hacer es la paz, es decir, posibilitar el poder con-vivir con él en reciprocidad, como hermano.

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Dejemos aparcada por el momento esta Bv y volvamos a las seis anteriores. Repasémoslas brevemente desde esta única perspectiva: cómo cada una de ellas posibilita objetivamente la fraternidad, de tal forma que si no resolvemos correctamente los seis problemas que han planteado, hablar de fraternidad objetiva es puro cinismo, pues no estamos poniendo los medios que la posibilitarían.

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  • 1ª Bv: si no nos planteamos en serio el problema de la codicia a nivel personal y colectivo, ¿tendrá salida una riqueza que está llamada a dar vida, si la acumulamos obsesivamente? ¿De qué sirve “optar por los pobres” desde nuestro Primer Mundo si no nos planteamos frenar un crecimiento  “canceroso”?  ¿Cómo se podrán sentir hermanos de nosotros objetivamente tantos millones de personas que no pueden salir adelante por culpa de nuestro desarrollo “digno”?
  • 2ª Bv: Si elimino al otro con mi agresividad, no le posibilito la recuperación; y si mi poder lo empleo para “dominar” y no en el servicio, difícilmente puede surgir la reciprocidad, base objetiva de la fraternidad.
  • 3ª Bv: Si doy la espalda al que está sufriendo, cuando el sufrimiento es un hecho que nos rodea, me privo de unos niveles de solidaridad que no encontraré en ninguna otra experiencia positiva. Por otro lado, si no afronto la dificultad, ésta me atropellará, mientras que si la afronto me madurará (seré consolado).
  • 4ª Bv: Si vivo desde el Estímulo-Respuesta, y no caigo en la cuenta que “no sólo de pan vive el hombre”, el “consumo” me comerá y seguiré “mirándome el ombligo”. Si no doy la vida, si no hago mi “eucaristía” en “memoria suya”, perderé la vida. Si no me doy a comer (para dar vida), me “comeré” a quien se acerque. De ahí nunca surgirá reciprocidad mutua, sino manipulación.
  • 5ª Bv: Si no desciendo, si no me hago accesible a los demás, difícilmente posibilitaré la fraternidad objetiva. Si no experimento la miseria, difícilmente podré ser misericordioso. El lugar más bajo es el más universal.
  • 6ª Bv: Si me justifico, si quiero “comprobar” mi “autenticidad”, y no dejar que Dios que ve en lo secreto me recompense, no me abriré nunca a la gratuidad y concebiré la relación con los otros como una “competición”, no como pura reciprocidad fraternal desde la debilidad.

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La experiencia de Jesús

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En realidad, todo lo que llevamos dicho en las seis Bvs primeras apunta a este” hacer la paz”. Es decir, la forma de Jesús de ir por la vida era un posibilitar una fraternidad en torno al Padre que “hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. Pero ¿qué clase de paz posibilitó él, que al mismo tiempo que se presentaba manso hasta perder la vida, no transigía frente a la mentira y la injusticia? Es decir, no fue un “pacífico” en el sentido pasivo. ¿Cómo fue?

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  • Lc 2, 14: los ángeles anuncian “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama”. Este niño no es sólo motivo de “gloria a Dios”, sino trae paz a los hombres. Pero 40 días después, el anciano Simeón en el templo anuncia la contradición: “Este niño, está puesto para caída y elevación de muchos en Israel; y para ser señal de contradicción. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. (Lc 2, 33-35) Resulta que la paz que traía a la tierra, no iba a ser tan “pacífica”.
  • En Lc 19, 42 Jesús, como buen judío, llora ante la ciudad santa, Jerusalén, al prever lo que le ocurrirá por “no haber entendido los caminos de la paz” (lo más importante que el Mesías iba a traer). Pero en Lc 12, 49-53: “¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división…” Otra vez volvemos a encontrarnos con una tensión semejante a la que encontramos en la 2ª Bv: allí fue entre mansedumbre y violencia; ahora es entre paz y división, conflicto.
  • En el sermón de la Cena se va a aclarar el carácter de la paz que trae Jesús:
  • Jn 14, 27: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”. La paz es el gran don que Jesús nos deja. Y no es cualquier paz, es la suya, una especie de paz “Made in Jesús”. No la impone, es un Don, mientras que el mundo la da imponiéndola. En efecto, todo Dictador que se precie de tal, se considerará a sí mismo como el que ha traído la paz a su pueblo. Paz no es lo mismo que “tranquilidad”, ausencia de perturbaciones o de molestias. El contenido de la paz en este mundo es puramente negativo, mientras que la paz que trae Jesús es algo positivo: poder vivir la reciprocidad de la fraternidad (la fraternidad mutua, que no solo me siento hermano de los demás, sino que los demás se sienten hermanos míos). Esto  trae consigo la necesidad de superar conflictos y desavenencias (desacuerdos) para podernos encontrar. No es mera “coexistencia” (vivir juntos sin molestarnos) o “tolerancia”, que es un mínimo. La paz es algo activo, es la tarea de posibilitar el encuentro desde el conflicto.
  • Jn 17, 20-23: “No ruego sólo por éstos, sino también  por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. La credibilidad de la misión misma de Jesús pasa por la tarea de esta Bv. Es nuestra in-corporación-mutua (fraternidad objetiva, comunidad) la que puede hacer palpable el “misterio trinitario” (el misterio de Dios, que no es soledad, sino relación entre tres Personas). La misión de Jesús fue esa, mostrarnos el Misterio de Dios.
    • El don de Jesús resucitado es la paz (Lc 24, 36-44; Jn 20, 19-23). Esta es la paz que Jesús nos trae: una paz crucificada-resucitada, como nos dirá Ef  2, 14-16. Este texto es la mejor síntesis (el mejor resumen) de esta compleja paz que  no es precisamente ausencia de conflicto, sino el acto supremo de descentramiento (de  salir de nuestro egoísmo) de no dejarse vencer por el mal, antes vencer el mal con el bien (Rom 12, 21).

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CÓMO “HACER LA PAZ”

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  • EL PERDÓN. Se trata de en no devolver el mal que uno ha recibido. Dios apuesta por la recuperación, por eso no destruye, sino que es misericordioso (Mt 5, 38-47). Retirar la denuncia, abolir la deuda, ese es el perdón que plantea Jesús (Mt 18, 21-35); la conclusión es incuestionable (indiscutible): hay que perdonar porque antes hemos sido perdonados. Además, el perdón de Jesús en la cruz (Lc 23, 33-34) no es una exhibición que hace resaltar la propia “grandeza” y “generosidad” -’lo buenísimo que soy yo y lo malísimo que eres tú’-, que lo único que consigue es la “humillación” del “perdonado”. Tampoco es un chantaje, que ‘como te he perdonado, tú tienes que cambiar’, convirtiéndose de este modo en una coacción (manipulación). El perdón de Jesús en la cruz no ensucia ni culpabiliza al que perdona. No restriega el fallo, sino disculpa.
  • Pero con el perdón no está resuelta la recuperación, sino simplemente al otro no se le ha inutilizado para que pueda recuperarse.. Hay que dar el paso siguiente:
  • LA CORRECCIÓN FRATERNA. Mt 18, 15-17 plantea muy concretamente tres pasos: 1) Corregir a solas y sin imponer. 2) Ante dos testigos, empieza la objetividad, pero aún  nada de publicidad. Y no se asegura su recuperación -que lo reconozca-, porque la paz no se puede imponer. 3) Cuando interviene la comunidad es la publicidad plena, pero no se puede empezar por ahí porque no posibilita tanto la recuperación personal, cuanto la coacción sociológica, que lo único que hace es avergonzar, humillar.

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Caigamos en la cuenta de nosotros no solemos actuar así. Ante el fallo del otro lo primero que surge es el comentario (¡nunca con el interesado!), con el amigo o el primero que me encuentro, de forma desenfadada, cuando no cruel: no hay posibilidad de recuperación.

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Además, la corrección fraterna no se puede hacer “desde arriba” (Gál 6, 1-5). En efecto, la excusa, muchas veces, para no “corregir” es la constatación de “¿con qué cara voy yo a corregir, cuando soy el primero que tendría que serlo?” Pues precisamente por eso, porque yo también caigo y necesito, así podré, tal vez, “hacerme cargo” de su situación. No lo humillaré porque podré hablarle desde abajo, desde la humildad e igualdad.

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  • LA PROPIA SOSPECHA. Mt 5, 23-26: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti…”. El problema no lo tengo yo con el otro, sino que es el otro el que lo tiene conmigo. Es decir, yo no tengo concienciade que haya podido hacer daño al otro, pero me entero que el otro sí tiene quejas de mí. Pues bien, esto debe bastar para que yo interrumpa mi “ofrenda” a Dios, y vaya en busca tuya para buscar una “reconciliación”. Se nos ha educado desde la seguridad de la “buena conciencia”, pero nuestra conciencia no agota la realidad. En esto consiste lo que hemos llamado propia sospecha: tengo capacidad de interrogarme ante mis clarividencias (mis seguridades) y no me justifico desde un corazón embotado. Ahora podemos entender cómo están ligados los tres medios, viéndolos al contrario: porque sospechamos de nosotros mismos (no nos apoyamos en la seguridad de nuestra buena conciencia), podemos aceptar la corrección fraterna (que hayamos hecho daño objetivamente, aunque subjetivamente estábamos seguros de que no lo queríamos), y podremos perdonar de corazón (porque tenemos experiencia de haber cometido fallos sin quererlo).

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… PORQUE ELLOS SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS

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La “recompensa” de esta Bv vuelve a estar en futuro. En un primer momento extraña, pero no dice que serán a secas, sino serán llamados. El ser hijos de Dios es un hecho por iniciativa suya. Aquí lo que está en juego es el “reconocimiento” de este hecho. ¿No tiene esto que ver con el “para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado”? ¿Puede ser inteligible y creíble el anuncio de la paternidad de Dios sin la tarea eficaz de hacer la paz?

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El comienzo del Padrenuestro significativamente lo escribimos en una sola palabra, como indicando que es imposible dirigirnos a Dios como Padre sin que nos sintamos un nosotros. La relación con el Dios de Jesús lleva consigo la tarea de reproducir la revelación por excelencia (la más grande e importante): el que seamos uno, como tú, Padre en mí y yo en ti. Más aún, esta experiencia de un Padre nuestro que se convierte en Padrenuestro, es lo que desarrolla la oración por excelencia del cristiano, la única que nos enseñó Jesús.

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La primera parte apunta a un descentramiento (un salir de mí mismo): es tu nombre el que ha de ser santificado, es tu reino el que tiene que venir, es tu voluntad la que se tiene que hacer. En la segunda parte toca problemas cruciales (los más importantes) que nos afectan a todos: el “ser de necesidades” que somos no pide asegurar  con la “acumulación” su vida, sino que confiesa que lo único que necesita es el pan de cada día, pero además no el “mío”, sino nuestro, esto es, compartido. Por otro lado su perdón lo condicionamos (reconocemos que no se nos puede perdonar si nosotros no lo hacemos con los demás) al nuestro llevado a cabo (el deja tu ofrenda en el altar y vete a reconciliarte con tu hermano). Por último confiesa que todo es gracia, y que nuestra realidad “tentada” necesita su ayuda para que no caigamos en tentación, no que no tengamos tentaciones, y que nos libre del mal. Es decir, no nos saca del  mundo, porque Él fue el primero que se implicó en esta realidad desconcertante.

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Ser hijos de Dios no es algo que nos aísla, sino que nos hermana e iguala (Gal 3, 26-28). Y esta filiación rompe todas las barreras que el hombre pone. Y no hay posibilidad de hacer la paz sin que los muros de género, de raza, y sociales se minen. En Cristo, ya todos somos uno. Pero no olvidemos que el “ser llamados hijos de Dios” queda pendiente del que “hagamos la paz”.

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Por César Caro