SONRÍE y sé feliz – BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN – Las Bienaventuranzas. por Adolfo Chércoles!

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SONRIE Y SÉ FELIZ

Las Bienaventuranzas con Adolfo Chércoles

PRIMERA: BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN…

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El dolor es el problema estrella de la humanidad, siempre presente, a menudo maquillado, pero crudo y cierto. El dolor nos rodea a pesar de nuestras fugas, y todos conocemos personas que han sufrido. Pues bien, los datos que tenemos sobre experiencias de dolor son contradictorios: conocemos personas que han sufrido mucho y son “gigantes”, llenos de humanidad y madurez; pero al mismo tiempo también conocemos casos de personas que no han pasado por pruebas tan duras y han quedado deshechos. Es decir, la misma realidad  aniquila o agiganta. El dolor es algo tremendo.

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Tenemos una segunda paradoja: cuando nos toca personalmente nos encerramos en “nuestro” dolor y nos convertimos en el centro, siendo incapaces de percibir lo que no sea “mi dolor” y, pasamos de ser dignos de compasión a ser insoportables. Sin embargo, cuando hemos tenido que vivir situaciones muy penosas con otros, esas “penalidades” han creado entre nosotros unos lazos que no puede crear la “juerga” más  despampanante.

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Como telón de fondo de esta Bv traemos el libro de Job. Ante el dios de sus tres amigos, que es un “Dios como Dios manda”, que castiga a los malos, sin contrastes, Job se topa con el Dios vivo y “lo ve” cuando pierde pie, cuando no tiene las cosas claras sino que todo está descolocado, cuando no hay posibilidad de proyecciones ni seguridades, en medio del dolor desnudo. Dios se muestra desconcertante e impenetrable, Dios es sorpresa y salvación cuando el ser humano ha tocado fondo. Dios es la salvación inesperada e imprevisible. Dios es toparnos con el misterio, no descifrarlo. Y el misterio por excelencia en la experiencia humana es el dolor, el mal.

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La experiencia de Jesús

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  • Jesús llora en Lc 19, 41-44 y en Jn 11, 32-35 cuando pierde a su amigo Lázaro.
  • Pero donde nos encontramos con la presencia del dolor en la vida de Jesús con toda su fuerza es en la Pasión. El pasaje de la oración del Huerto (Mt 26, 36-46) recoge con toda su negrura el dolor en su vida. El Evangelio dice que empezó a sentir tristeza y angustia: los dos sentimientos más destructivos que puede experimentar el ser humano. El dolor es penoso, hiere, pero la tristeza y la angustia nos anulan, nos hacen ‘perder pie’, no tenemos dónde agarrarnos. Es la experiencia extrema del “deprimido” que quisiera morir.
  • Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú’”. El paralelismo con Job es total. Primero no rompe con el Padre, al que llama “mío” -y Marcos dice que utilizó la palabra Abba, que expresa la dimensión más cariñosa (Mc 14, 36)-, pero igual que Job, no entiende lo que le va a ocurrir, el “trago” que se le viene encima: “no sea como yo quiero, sino como quieras tu”.
  • Jesús se queja, suplica a sus amigos y confiesa que su voluntad no coincide con la de su Padre. El relato impide toda idealización de Jesús. Hace poco rato, en la Cena, parecía que nada se le podía resistir; ahora experimenta la debilidad de la carne, se viene abajo como cualquier persona. Ante el dolor, la tragedia…, no hay explicación, ni para Job, ni para el mismo Jesús. Y los que pretendan encontrarla, teman no haber hablado con verdad de Dios.
  • Sin embargo, Heb 5, 7-8 dice que Jesús “fue escuchado”. Aquí nos encontramos con el misterio central de nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesús. Sin muerte no hay resurrección.  Queremos llegar a la resurrección saltándonos la muerte. Y es que la respuesta de Dios viene cuando ya no hay posibilidad de respuesta humana. La Pasión es una experiencia atea de Dios: el “dios como Dios manda” que todos nos fabricamos, al que pedimos que nos libre del dolor, nos quite los problemas y nos solucione la vida no sólo “se esconde”, sino que no ha acudido a la cita, no ha servido de nada.
  • La actitud de María, al pie de la cruz (Jn 19, 25-27), nos da la clave. El dolor no hay quien lo explique, ni quien lo entienda. Pero una cosa es que no podamos abarcarlo, que nos desborde, y otra que sea lo mismo adoptar ante él una postura u otra. Y aquí es donde vamos a encontrar la “respuesta”, ¡¡¡misteriosa!!! porque no es solución, a una de las paradojas que constatábamos en nuestra experiencia del dolor: que a unos les maduraba y a otros los destruía. El dolor, el sufrimiento, hay que AFRONTARLO. Si le damos la espalda, si salimos corriendo, nos come, nos aplasta. Afrontar no es solucionar, ni superar, ni tampoco integrar, ni siquiera entender. Es, sencillamente, ‘tener delante’, ‘no quitarle los ojos de encima’, ´no darle la espalda´, aunque no sepa qué hacer. ¿Quiénes son consolados, los que no salen corriendo ante el dolor y lloran, o los que le dan la espalda?
  • En nuestro idioma tenemos la expresión “merece la pena”. Si en la vida no hacemos nada que nos cueste esfuerzos y requiera afrontar trabajos y penas, hemos perdido la vida. No hay posibilidad de maduración ahorrando realidad, y para no ahorrar realidad, hay que afrontar. Esto da más plenitud, llena más, “nos consuela” más (¡pero después!).

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LaS PALABRAS de Jesús

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Hay dos citas que pueden darnos la clave de esa paradoja que nos plantea la problemática de esta Bv: el rechazo visceral del dolor junto al reto de no darle la espalda, no salir corriendo, afrontarlo.

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  • Mt 25, 31-46: Dios está ahí, en el dolor y desamparo de nuestro prójimo. Llorar es no dar la espalda al dolor, porque ahí está el mismo Dios implicado. Y no para sacralizar el dolor, sino para, en lo posible, eliminarlo, para luchar porque no se repita… ¡Se nos juzgará desde ahí!
  • Mt 8, 16-17: No hay posibilidad de luchar contra el dolor sin implicarse en él, sin acercarse a él. Para eliminarlo humanamente hay que “cargar con él”, hay que hacerse cargo. Pero en nuestro Primer Mundo queremos arreglar las cosas con dinero, que es el gran “mando a distancia” de nuestras solidaridades. Sin cercanía, la “compasión” lo único que suscita es “culpabilidad” y “victimez”, nunca responsabilidad.

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… PORQUE ELLOS SERÁN CONSOLADOS

Sigue estando en futuro lo que nosotros querríamos tener en presente. Pero asegura que si no “huimos” del dolor que nos visita o que visita a los que nos rodean y lloramos con ellos (Rom 12, 15), seremos consolados.

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2 Cor 1, 3-7: La consolación surge de los padecimientos, no tiene sentido en sí, y requiere paciencia, es decir, afrontar, “no salir corriendo”. Pero también esperanza. Lo vemos en la cita de Rom 5, 3-5: para Pablo las mismas tribulaciones son motivo de gloriarse (¿de bienaventuranza?), porque tiene experimentado –sabiendo- que estas tribulaciones (¿el llorar?) llevan a la paciencia (¿el afrontar?), esta paciencia a la virtud probada (¿la madurez?), y esta virtud probada a la esperanza (¿el serán consolados?).

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El optimista se basa en datos que posee y en los que se apoya para asegurar el futuro. Su “esperanza” se palpa. La esperanza bíblica, sin embargo, es ‘contra toda esperanza’. Es la esperanza de Abraham; es, en definitiva la experiencia del HECHO PASCUAL: Muerte-Resurrección.

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Por César Caro