A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
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Sororidad y más sororidad

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La sororidad, entendida como “hermanamiento femenino o entre mujeres” es más necesaria que nunca para las mujeres de Iglesia: jóvenes, viejas, consagradas, no consagradas, de derechas o de izquierdas, católicas o protestantes, cristianas, musulmanas o cualesquiera que sean nuestros atributos. Son los signos de los tiempos los que nos recuerdan a las creyentes que es necesario mirarnos las unas a las otras con solidaridad y con reciprocidad.

Es cierto que desde la mirada de la fe, que todas compartimos, esa que nos hace sensibles al mundo desde el sentirnos abrazadas por un Amor con mayúsculas, debemos aspirar a la hermandad, sin género. Pero también es cierto que el saber que Dios nos quiere libres, e iguales, implica reconocer la privación de libertad y  justicia en muchas personas por el mero hecho de ser mujeres.

Debe preocuparnos que las niñas y adolescentes que se acerquen a la fe descubran en las instituciones que hay movimiento para que sus posibilidades sean las mismas que las de sus amigos. Debemos dar a conocer el papel de sus mujeres trabajadoras, de las monjas, religiosas, postulantes, novicias. Debe ocuparnos el hecho de que podamos aspirar a la misma autoridad y visibilidad.

Hay mucho trabajo por delante, mucho desgaste, mucho cansancio, mucho desentendimiento, pero también confianza, esperanza, ganas y encuentro. La sororidad nos hace mejores a todas (también a todos), esa es la aspiración de esta cualidad que ya es ineludible en el mundo en el que vivimos, como nos hizo mejores la fraternidad en su momento al reconocernos como semejantes. Trabajemos la relación entre nosotras para hacer posible el Reino: con sororidad y más sororidad.  

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