TE QUIERO PORQUE ME QUIERO Por Víctor Vallejo

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TE QUIERO PORQUE ME QUIERO 

Ya hemos visto, al menos tres claves del éxito verdadero: uno, responsabilizarnos de nuestras acciones; dos, establecer un fin por el que merezca la pena luchar; y tres, gestionar eficazmente nuestro tiempo para ser dueños de lo que hacemos y no dejarnos atrapar por lo urgente, pero no importante. Pues bien, ahora tenemos que entrar en una nueva dimensión: la de nuestra relación con los demás. La plenitud no es un asunto privado, sino público ya que, como muy acertadamente dijo Aristóteles, somos animales políticos, o sea, sociales.

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Si bien nuestra felicidad implica relacionarnos con otros, no debemos mal interpretar que nuestra felicidad dependa de otros. La interdependencia se establece desde la autonomía y libertad. Hubo un clásico entre los libros de autoayuda que se titulaba Tus zonas erróneas (W. Dyer, publicado en España en 1978) cuya tesis principal era que cada uno de nosotros somos libres y responsables de elegir entre un comportamiento autorealizante o uno autoderrotante. Y una buena manera de autoderrotarse es generar relaciones de dependencia con los demás. El doctor Dyer defiende que “el telón de fondo de casi todas las neurosis es dejar que el comportamiento de los demás sea más significativo, más importante que el tuyo propio”. Y una manera de depender de los demás de forma insana es buscar su aprobación por encima de todo.

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Dyer mete el dedo en la llaga cuando, hablando de la búsqueda de aprobación, aborda el tema de la enseñanza escolar. Parece ser que, en la escuela tradicional (gracias a Dios se están produciendo cambios esperanzadores) se nos ha educado para “triunfar” buscando la aprobación de los demás. “Los colegios no son eficaces para tratar con niños que dan muestras de un pensamiento independiente. En la mayoría de los colegios, la búsqueda-de-aprobación es el camino del éxito”. Nunca nadie se tendría que venir abajo por no haber recibido la aprobación de un superior o un profesor. Hemos de evitar el riesgo de formar una personalidad sumisa que se someta a los criterios de otro por el miedo de defraudarlo.

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¡Ojo con los falsos poetas! Que nadie te conquiste (o no caigas en el error de intentar conquistar a alguien) susurrándote al oído: “sin ti yo no soy nadie”. ¡Menuda responsabilidad! Estar atado a alguien sabiendo que si lo dejo,  dejaría de ser persona. O menuda tortura: amar a alguien sabiendo que si te deja, te conviertes en una persona sin valor. ¡No! Está bien que tú seas tú, que te importes a ti mismo lo suficiente para relacionarte o amar a otra persona de forma autónoma y libre. No sé si no será muy poético, pero estaría bien escribir una canción que dijera: “Qué bello es tenerte a mi lado, sintiendo que, si me dejas, tras el dolor de tu partida, seguiré siendo yo misma, portadora de una sana autoestima”. 

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Se me rompe el corazón cuando escucho a una joven relatar que los años más tristes de su vida fueron cuando estaba saliendo con un chico que sólo la quería por su aspecto físico y reconocer que tenía miedo de mostrarse tal como era, de decir lo que pensaba sobre ciertos aspectos, expresar sus gustos, verdaderas emociones…, por temor a defraudarle y que ya no la siguiera queriendo. No menos triste es cuando otra chica te cuenta que dejó de hacer lo que realmente le gustaba por entrar a formar parte de las populares de su clase hasta que, menos mal, se dio cuenta de que todo era una farsa y que nadie la quería por ser realmente ella.

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Pues bien, una vez aclarado que necesitar a los demás para ser felices no es lo mismo que depender de los demás para ser uno mismo, pasemos a analizar en qué se han de basar las relaciones constructivas. Dice Covey que, cuando nos volvemos independientes, podemos elegir la interdependencia y construir relaciones ricas, duraderas y altamente productivas con otras personas igualmente independientes.

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Cuanto más mayor me hago, más claro veo que toda relación fructífera se basa en un dar y recibir recíproco y equitativo. Una relación en que una parte siempre da y no recibe, no es una relación basada en la caridad cristiana, sino una relación basada en la dependencia. El mismo san Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, aclara con gran precisión este punto: “el amor consiste en comunicación de las dos partes”, o sea, que el amante dé al amado de lo que tiene o sabe y que reciba otro tanto del amado y viceversa. Es más, la relación de Dios con los hombres es igual: Él nos lo ha dado todo, pero espera que nosotros, agradecidos y santificados, se lo devolvamos en la medida de nuestras capacidades. ¡Qué necio aquél que, recibiendo tantos talentos de arriba, no se los devuelve a su Señor con los intereses generados!

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El amor y las relaciones constructivas no se basan ni en “yo gano, tú pierdes”, ni en “yo pierdo tú ganas” ni en “perdemos todos”. El éxito de la interdependencia, como veremos en la siguiente entrega, se basa en el principio: “yo gano, tú ganas”, el famoso “win-win”.

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¡Encantado de encontrarme contigo! ¡Hasta nuestro próximo encuentro!

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Víctor Vallejo