Testigos de la Resurrección. Por Josefer Juan

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Testigos de la Resurrección 

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El Papa Francisco nos ha vuelto a sorprender; si es que hay algo de sorprendente en volver la cabeza y mirar, qué menos que mirar, a quienes más sufren en el mundo. Durante la homilía de la Vigilia Pascual, desde un púlpito privilegiado, nos ha hablado de esas mujeres que son hoy, testigos de la Resurrección. Mujeres que llevan en su rostro heridas junto con esperanza, que cargan de verdad con otros a sus espaldas, y a las que una sacudida les transforma el corazón y en ellas comienza una larga historia. Mujeres, al fin y al cabo, que hacen de esta palabra mucho más que una categoría y la convierten en un auténtico título. Decir mujer, es decir mucho.

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Mirando el evangelio, encontramos testigos de la Resurrección que encarnan actitudes pascuales que todo cristiano está llamado a vivir. Me permito reflejar tres, quizá muy actuales, que ojalá nos sirvan e iluminen en este tiempo.

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  1. La incertidumbre de la Magdalena, en movimiento.

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Cuántas veces hemos sentido pesar, casi desesperación ante nuestras incertidumbres y pérdidas. Cuántas veces parece que nos dirigíamos hacia “un lugar” con las cosas claras y el paso firme, y sin embargo nos hemos reconocido desconcertados y perdidos. Cuántas veces, como María en este texto, buscábamos y… Encontrar, lo que es encontrar de forma pascual, es dejarse encontrar y estar dispuestos a dejarnos sorprender… No sea que hoy, con tanto leído y sabido sobre el Resucitado, creamos que está aquí o allí, y sin embargo… El Resucitado, mucho me temo, que ni nos ahorra la búsqueda interior ni la exterior, que está dispuesto al encuentro cuando nos dejamos encontrar y se deja ver en las lágrimas sinceras… María recuerda aquí, en la grandeza del momento, tanto al momento de la reconciliación del hijo pródigo como al deseo de quedarse y hacer tres tiendas de Pedro en el Tabor. Incertidumbre que se deja sorprender, que queda desbordada en sus cálculos.

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  1. Las dudas de Tomás, o el ausente. 

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Es más que curioso leer con cuidado el texto en el que se relata el encuentro de Tomás con el Resucitado. Muchos se han quedado con aquello de “si no lo veo, no lo creo”, sin reparar suficientemente en que aquel que está más ausente en el Evangelio es el propio Tomás. Ande andaría…  No ve, quien no está. Pero incluso estando, se conservan ciertas dudas, puede que por contraste con el resto. De quienes han creído en la Resurrección se dice más bien poco. Sus vidas, pese al impacto que debió provocarles lo vivido, es como si transmitiesen insuficientemente. Tomás, el que estaba ausente, se hace por fin presente en la comunidad y de nuevo el Resucitado se revela y le reclama para sí y dialoga con él. ¿Cuál es el camino pascual que deben hacer nuestras dudas, a la luz de esta Palabra? ¿Hacerlas presentes en comunidad y recibir Paz?

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  1. Las prisas de Juan, el que llega después.

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Antes que Pedro, aunque no entra. Pero después que María. Las prisas de Juan están motivadas y agitadas. Siempre me he imaginado el sábado santo de los discípulos como con cierto amargor, por la pérdida del Maestro, y comenzando a recordar unos y otros lo que habían vivido con él. Esa memoria alienta la esperanza, a medida que ellos vuelven una y otra vez sobre lo que despertaba en su interior, lo que supuso en su existencia. Sin embargo, es insuficiente por sí misma. El pecho se puede “calentar”, como se pueden igualmente acrecentar los deseos. Hacerlos realidad es otra cuestión. Faltaba lo definitivo, la palabra de confirmación que hiciera valer y diera consistencia a todo. Esa palabra, sin duda, fue la de María Magdalena al llegar y anunciar lo que había vivido. Entonces corrieron al sepulcro, ¡dónde si no! Y de camino, supongo, fueron comprendiendo el sin-sentido de lo que estaban haciendo, pues sabían que no estaba allí. ¿Por qué corrían tanto, por qué dejarse llevar de esta manera, qué les ha removido?

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  1. El amor de Pedro, un tanto humillado. 

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Es de dominio público que Pedro negó a Jesús (tres veces) cuando le preguntaron si lo conocía, si era de los suyos. El que la noche antes, durante la cena, dijo que mejor se lavado entero si con eso quería Jesús decir que tenían parte en su vida. Pero… A Pedro le faltaba, en los encuentros con los Once, su momento cara a cara con el Señor Resucitado. A Pedro le faltaba su reconciliación particular; la del amor y la misericordia, no la de la culpas. A Pedro le faltaba encontrar verdadero amor, amor humilde y humillado. Sin entrar en análisis, Jesús le pregunta hasta tres veces (¡con lo que eso significa!): ¿Me amas, estás conmigo, tienes parte conmigo? Una tras otra, responde: “Sí. Te amo.” ¿No suena eso a las veces que a lo largo de la vida vamos reconociendo qué amamos en el mundo y cómo lo amamos? ¿No es muy similar al camino hacia lo esencial, hacia la Vida? ¿No es el amor lo que nos alumbra y con amor iluminamos, focalizándonos más y mejor con los años, en lo único necesario?

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José Fernando Juan

@josefer_juan