Tiempo de vivir

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Y a pesar de todo, persiste una certeza como grabada a fuego en algún lugar de nuestro interior.  Algo indeleble y luminoso que hace resistencia a las noticias de muerte y se obstina una y otra vez a la espera de que en todo este caos brote finalmente un bien. La esperanza es un existencial tan radical y originario como la angustia (Laín Entralgo).

Ni las decenas de miles de muertos, ni los cientos de miles de contagiados, ni ninguno de los dramas que asolan el mundo pueden contra ese impulso que nos aferra a la vida y nos llama a defenderla, a empeñarnos en hacerla resurgir como un Fénix. 

Son incontables los testimonios de quienes se arriesgan trabajando horas sin término en hospitales atestados de enfermos y sin recursos, y aún consiguen sonreír y tomar en serio a cada uno como si fuera el único. Hemos oído hablar de algunos que ceden su oxígeno a otro paciente para que éste viva. En la tarde, el silencio de las ciudades se rompe en aplausos que celebran la entrega heroica de los que luchan en primera fila. Se multiplican las iniciativas internautas para acercarnos a los que queremos y a los que más sufren. Crecen las palabras que expresan afecto, solidaridad, compresión, cuidado mutuo. Basta abrir un periódico o una red social para empaparse de buena voluntad y ganas de echar un cable.

Cuando se extienden las sombras de la destrucción, una intuición implacable resuena en la conciencia de la humanidad. Una intuición que nos dice que el mal y la muerte se vencen a fuerza de Bondad, de Generosidad, de Amor sin límites, de Reconciliación, de Belleza, de Justicia. 

Porque lo hemos visto y sabemos que nuestros pequeños gestos de compasión y amor desinteresado abren puertas a la Fuente de la Vida que no acaba. Y es Ella la que se cuela en estas ruinas y las vivifica, la que secretamente teje la esperanza de los hombres y riega la tierra con un Bien misterioso, límpido, indestructible. 

Es Ella, la Vida, la que nos elige y nos hace creer, con rotundo convencimiento, que no es el dolor lo implacable, que no es lo último la muerte, que la Bondad que aquí se nos da sigue viviendo, ya plena, tras la última respiración. 

Es tiempo de consentir con esa voz interior que nos atrae a lo bueno y a lo justo, a lo bello. Es tiempo de dejar que lo mejor de nosotros brote, madure y se done por completo. Es hora de dejar caer las armas, los pesados lastres de nuestras historias, las absurdas rencilllas. Es el momento de elegir  amar, de elegir VIVIR. 

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