El miedo nos hace decir cosas, a veces, de las que no somos plenamente conscientes. Pedro estaba asustado. Aunque el relato de la Trasfiguración no nos explica por qué, parece indicar que también la luz (y no solo las tinieblas) nos pueden asustar.

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Nos quejamos de la oscuridad, de las dudas, de la cruz, de la prueba, de la soledad… pero curiosamente también experimentamos que cuando algo es tan bueno y luminoso como la Transfiguración, entonces, nos asustamos.

¿Falta de fe? ¿falta de esperanza? ¿falta de amor?

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2-CONFIAR.

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Jesús, probablemente, estaba tan asustado como los discípulos. Buscaba la oración y se dirigió al Monte. Esta vez no quiso ir solo, sino con sus amigos. Y Dios, su Padre, que conocía sus dudas, su cansancio y su miedo, le “regala” una experiencia de luz, una experiencia profundamente vocacional (por cierto, ¿acaso alguna vez dice el Evangelio que Jesús no tuviera miedo? ¿lo hace eso menos divino?)…

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Necesitamos recordar y pedir a Dios que pronuncie sobre nosotros Su Palabra, esa Palabra que me nombra y me sostiene desde siempre. Jesús escucha lo mismo que escuchó en su Bautismo. Es volver a la fuente, al origen de ti mismo… Vuelve a ti… Vuelve a esa Palabra primera que te hace resplandecer serenamente. Y confía… ¡confía! Quizá es la mejor manera de no perder la vida discurriendo qué significa eso de “resucitar de entre los muertos”…

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equipo acompasando