«Vida religiosa y martirio» por Fernando Rivas

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Al hablar de la relación entre la vida religiosa y el martirio debemos tener presente los dos sentidos que tenía la palabra “martirio” en la Antigüedad: en primer lugar, y siguiendo su uso común, mártir era el testigo en un juicio a favor de una de las partes. De esta manera el mártir de Cristo era la persona que ponía su vida como testimonio a favor de Jesús. Pero en segundo lugar, y con posterioridad, “mártir” pasó a significar aquella persona que entregaba su vida a causa de la fe.

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Por eso, y en primer lugar, la vida religiosa encuentra su raíz y fundamento en este ser “testimonio” de la presencia de Jesús en una sociedad, como la nuestra, volcada en el consumo, obsesionada por la autonomía y la privacidad, donde el individuo se ha convertido en el eje de todos los valores y el “pasarlo bien” en el estilo habitual de vida.

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cruz-de-sangre2Al mismo tiempo la vida religiosa debe estar abierta y ser testigo de una sociedad con una gran cantidad de gente que busca algo más hondo y profundo, una sociedad que se siente atraída por la coherencia y la fidelidad de muchas vidas entregadas a los demás y una sociedad donde se ve como necesario el estilo de vida más sencillo y comunitario que se vislumbra en la vida religiosa.

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Así la vida religiosa se convertirá en testimonio real y eficaz, sacramental, de que otra manera de  vivir y otro mundo son posibles, que la persona crece en la medida en que se reconoce y se encuentra con el Otro que nos habita y el extranjero que llama a nuestra puerta.

Esto supone, por tanto, que la vida religiosa, si quiere cumplir con su vocación y su misión, está llamada a generar personas:

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  • capaces de vivir a contracorriente con madurez (ni nostálgicas ni ilusas);
  • libres para embarcarse en proyectos de futuro (postergando las recompensas para más adelante);
  • que se atrevan a comprometer su yo en un espacio comunitario que en ocasiones no es tan amable;
  • y preparadas para apostar por una vida que no es entendida ni comprendida por muchos de los que nos rodean, sin caer en el victimismo.

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4893419412_ee9207076d_oPero, en segundo lugar, la vida religiosa y el martirio han estado profundamente unidos desde el principio como entrega de la propia vida por causa del Reino y Jesús. De hecho, cuando apareció el monacato, uno de los nombres con los que se le denominó era el de “martirio incruento”, porque se reproducía en la propia persona los sufrimientos que antes causaba el martirio, pero ahora con la finalidad de adaptar cuerpo, alma y espíritu a un mismo crecimiento y proyecta.

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Los terrenos en los que este “martirio incruento” han sido más visibles, y en los que pueden servirnos de estímulo para nosotros hoy día, se centraron en el  control de los alimentos y de las palabras, el desprendimiento de los bienes materiales, la necesidad del trabajo, la vigilancia sobre aquello que nos mantenía en el letargo y las ilusiones, el desprecio de las jerarquías de todo tipo y el discernimiento de nuestras tendencias interiores más “salvajes”.

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De esta manera la vida religiosa se ha convertido a lo largo de la historia en una de las principales canteras de testigos de unos valores que están en contradicción en muchos casos con los valores predominantes, unos testigos que se atreven a apostar por una fidelidad que ya no se lleva y una persona, la de Jesús, que pone en cuestión muchas de nuestras opciones vitales.

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Un testimonio incómodo que ha llevado en multitud de ocasiones a ser “injuriados, injuriados y calumniados” por su Causa (cf Mt 5, 10-11). Porque lo peor que le puede pasar a la vida religiosa no es que sea perseguida (incluso por los de “dentro”), sino la insignificancia producida por haber dejado de ser “sal” y “luz” del mundo.

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Fernando Rivas Rebeque

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