En la celebración cristiana del viernes Santo, el peso de la injusticia, de la calumnia, de la mentira, de la opresión, toma la forma de una cruz. Y bajo ella, un cuerpo ya lacerado, torturado y sangrante, no encuentra otro camino que abrazarla. Así sube Jesús al Calvario. Abrazado a la cruz. En esa subida cae en repetidas ocasiones, y siempre asistimos a una misma actitud en Jesús: ponerse en pie, alzarse. A veces en soledad, a veces con ayuda de otros. Pero vuelve a alzarse una y otra vez. Y en la cima, la humanidad asiste al penúltimo alzarse de Jesús. Cuando sea alzado, atraeré a todos hacia mí, había dicho a sus amigos.

Jesús sigue atrayendo desde su cruz alzada en el Calvario veinte siglos después, porque su alzarse es el gesto universal de levantarse y acoger la verdad desnuda de la condición humana: el amor. Es descubrirnos como seres de barro, pero animados y sostenidos por el aliento de la vida, por la ruah. Lo limitado y lo infinito, lo efímero y lo eterno, lo humano y lo divino se abrazan en el corazón humano. Como en una diminuta gota de rocío que alberga el brillo del sol, el corazón humano es el hogar de la eternidad, la morada interior, la patria del hombre. Y es en el amor donde nuestro ser de barro puede hallar la plenitud.

Lo divino y lo humano se abrazan en el amor.