A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

VIVIR LA VIDA CON PLENITUD. ESPIRITUALIDAD Y PLENITUD HUMANA.

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest

Quisiera “acompasar” mi reflexión y aportación a esta web y sus seguidores, centrándome en qué aporta la espiritualidad a la plenitud humana. Como el tema es amplio, ofreceré esta reflexión-conversación con cada uno de vosotros y vosotras a modo de “fascículos”, que es un formato más manejable. Mi deseo seria que tras cada “trocito” de reflexión o de conversación contigo, lector, pudieras “gustar internamente” el eco que esto que te propongo genera en ti, que lo hagas tuyo y que puedas llevarlo más allá, hacerlo crecer y completarlo.

Apuntes previos

Cuando hablamos de “plenitud humana” nos puede parecer algo tan grande, tan profundo, tan inmenso que llegamos a creer que es asunto de unas pocas personas. Sin embargo, seguro que hemos tenido en alguna ocasión una sensación profunda, casi envolvente de que “todo está bien”, como si las piezas del puzle de nuestra vida encajaran perfectamente. Lo genial del asunto es que esa sensación o, mejor dicho, esa experiencia, no ha tenido porqué suceder realizando “grandes cosas” o en momentos en los que precisamente buscábamos esa armonía. Quizá hemos vivido algo así en medio de las tareas de cada día, durante una conversación, paseando…

Seguramente la experiencia de plenitud duró poco, aunque pudiera ser también que lo hayas experimentado de continuo en una fase de tu vida, aunque luego haya desaparecido. Si te fijas bien, cuando te has sentido así esa experiencia la has vivido con tu cuerpo y en tu cuerpo y te ha traído calma a la mente y plenitud al corazón. No se trata de una experiencia tan sólo cognitiva. Todo tu ser ha participado de la experiencia.

Pero, si somos sinceros/as, pocos de entre nosotros/as viven en un estado permanente de plenitud. Lo que abunda es que nos ronde un sentimiento de cierta o gran insatisfacción que nos lleva a suspirar por esa vida plena que, para la mayoría de nosotros/as, adopta la forma de un anhelo. Si no ¿cómo se entiende que aquellos/as que podemos realizar un trabajo con el que nos sentimos útiles al prójimo, realizados/as, gozamos de buena salud, los que tenemos una casa, la posibilidad de disfrutar del ocio, y sobre todo del amor de quienes nos rodean, nos sintamos, aun así, tantas veces, insatisfechos/as e incluso infelices?

Quizá esa insatisfacción provenga, no sólo de la falta de conexión con nuestro Ser esencial, sino de un equívoco muy común, el de confundir “plenitud” con “totalidad”. Intentaré aclararlo con un ejemplo: Imaginemos un vaso normal y corriente. Supongamos a ese vaso una autoconciencia. Imaginemos entonces que ese vasito deseara contener toda el agua del mundo: el agua de los mares, la de los ríos y lagos. Si ese fuera su objetivo, si esa fuera su autoconcepción, por mucho que el vaso fuera llenado hasta el tope de su capacidad, le parecería insuficiente. Si pudiéramos dialogar con él le diríamos que no tiene por qué estar triste o insatisfecho ya que está lleno de toda el agua que puede contener. El vaso está confundiendo “contener la totalidad del agua” con lo que sí puede y está haciendo que es “alcanzar su plenitud”, llegar a su plena capacidad para contender agua, en ello seguramente, encontrará su felicidad.

Podemos ser como el vasito: lo queremos todo y todo perfectamente correcto y sin problemas. Inconscientemente podemos identificar nuestra felicidad con poseer la totalidad de todo aquello que identificamos con ella, sin darnos cuenta de que seguramente no lleguemos a la posesión de la totalidad de las respuestas, de las cosas, del éxito, de lo que sea que creamos que nos dará esa felicidad, pero sí podemos en cambio, sentirnos plenos/as. En una sociedad donde el éxito “material” parece ser la “vara” que lo mide todo, no pocas personas confunden la falta de lo deseado en el ámbito material (dinero, posesiones, reconocimientos) con la falta de valor personal lo cual dificulta sobremanera la vivencia de una plenitud que poco o nada tiene que ver con tenerlo todo, saberlo todo, experimentarlo todo. Precisamente la escasa capacidad para asumir la frustración que identificamos en nuestras sociedades “desarrolladas” tiene que ver con esa confusión entre “poseer la totalidad” y “vivir en plenitud”.

Paradójicamente y volviendo al ejemplo del vasito de agua, en el nivel del Ser esencial, en el nivel de lo profundo, en el ámbito de la interioridad humana sí somos llevados a una apertura máxima que nos hace capaces de contener toda el agua, pero ese “todo” no es algo numérico, sino un “todo” que refiere a la plenitud de la persona, al despliegue de todas sus potencialidades no precisamente en el nivel del desarrollo de una papel concreto en la sociedad, sino en el nivel de lo que podemos denominar “el ser que somos” o como he venido señalando el Ser esencial.  Como ves utilizo bastante la expresión “Ser esencial”, ésta junto con el concepto de “yo existencial” que también utilizaré, son términos utilizados por el psicólogo Karlfried G. Dürcheim, creador de la Leibterapia personal. Si quieres profundizar en su obra te recomiendo leer alguno de sus libros, quizá el de más sencilla lectura sea Experimentar la trascendencia. Ediciones Luciérnaga.

En todo caso, mi propuesta es comprender que es en la interioridad humana, donde encontramos la fuente del sentido de la vida, la matriz para la gestación de una vida llena de plenitud más allá de lo que se tiene, de lo que se hace, más allá de lo que el momento histórico defina como condiciones para una verdadera calidad de vida.

Iremos profundizando en ello poco a poco. Por ahora baste con estas ideas iniciales que espero te ofrezcan materia para hacer tu propia aportación al tema.