A menudo es bueno pararse y «acompasarse» antes de iniciar el vuelo. Acompasando se toma un tiempo para, en «un poquito»… volar aún más alto.
Gracias por confiar.

Volver el rostro

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En cuaresma se nos invita una y otra vez a convertirnos, y el Antiguo Testamento tiene un modo sugerente de entenderlo. El Génesis dice que Dios “insufló en su nariz aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). La mentalidad bíblica interpreta que la respiración humana es como un vínculo invisible que nos permite estar unidos al Señor y recibir de Él aquello que nos da vida. Por eso, cuando nosotros dejamos de ponernos cara a cara con Dios, su aliento no nos llega y sentimos que “nos ahogamos”.

Sí, ya sé que esta percepción del ser humano es muy simplista y desconocedora de cómo funciona el sistema respiratorio, pero ¿no es muy profunda? ¿No nos pasa a nosotros que hay momentos en los que sentimos que no respiramos al 100%, que nos falta el aire y que las circunstancias nos ahogan? En esos casos, la Biblia nos invita a volver el rostro a Dios, porque nos sucede como al salmista: “Oigo en mi corazón: ¡busca mi rostro! Sí, ¡tu rostro buscaré!” (Sal 27,8). 

El día a día, las preocupaciones cotidianas, las realidades que ocupan un lugar en nuestro corazón que no le pertenecen… van empujándonos a que, sin en el fondo desearlo, vayamos mirando la vida “de lado” y no de frente, evitando la mirada directa del Señor que nos sale al encuentro en lo cotidiano. Este tiempo es una oportunidad privilegiada de volver a mirarle de cara y recibir de Él ese aliento que nos permite vivir respirando ¿nos animaremos a volver el rostro?

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